Fantasía y Lápiz

13/09/2009

Capítulo 10

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 21:41

La sociedad de “La Espada Púrpura”

La noche no fue sencilla, una vez que alcancé el estado de somnolencia las pesadillas empezaron a invadir mis sueños. Las imágenes eran confusas: veía fuego, gente corriendo, escuchaba sus gritos desde la lejanía; todas eran imágenes sueltas, sin un orden aparente, entre ellas las de un niño tirado en el suelo llorando. Cuando me acercaba hasta él no podía tocarle y me limitaba a observarlo hasta que una extraña figura enmascarada aparecía y se lo llevaba de allí.

- ¡Pom, pom, pom!¡Pom,pom, pom!

El estridente sonido que desprendía la puerta me devolvió a la realidad. Alguien estaba llamando con insistencia mientras yo me despertaba y desperezaba poco a poco. Me incorporé sobre la cama de un salto y me froté la cara con fuerza para retirar las legañas de mis ojos.

-¿Quién anda ahí?- pregunté por fin.

- Muchacho, soy Herzen, propietario de la posada, me han dicho que querías hablar conmigo- una voz fuerte y áspera sonó más allá de la puerta.

El corazón se me revolucionó y mi cuerpo se puso rápidamente en alerta. Me vestí lo más aprisa que pude y me acerqué hasta la puerta. Quité el pestillo de seguridad y la abrí, tras ella apareció la silueta de un hombre de unos cincuenta años, calvo, muy alto y delgado y con un gran tatuaje al lado del ojo derecho que le iba desde la ceja hasta el final del pómulo. El dibujo era algo abstracto, aunque parecía algo así como un ave de varias colas. Vestía una camisa morada, un pantalón negro muy estropeado y calzaba unos desgastados borceguíes de piel, también negros.

- Hola, me llamo William. Orson me dijo que usted me ayudaría- le comenté cuando nos quedamos cara a cara.

El hombre frunció el ceño, se puso la mano en la barbilla y me miró de arriba abajo como evaluándome. Continúo así unos instantes. Yo observaba la escena sin decir nada esperando la nueva intervención del posadero, la cual no tardó en llegar.

- ¿Orson dices? Mmm, si es así, eres bienvenido. Pero, ¿cómo se supone que puedo ayudarte?- me preguntó contrariado.

Le conté lo que me había dicho mi tutor, antes de que yo partiese hasta Usitania.

- Antes de separarme de él me dio estas diez monedas de oro para usted – añadí sacando el pequeño contenedor púrpura de su escondrijo en la mochila.
.
- Ya veo… muy bien, no se hable más entonces. Sígueme muchacho- y tras esto se giró y me animó a seguirle moviendo la mano de atrás hacia adelante.

Bajamos las escaleras que conducían a la sala central de la posada, que aún estaba completamente vacía. Entramos dentro de la barra y Herzen apartó una vieja alfombra del suelo, de la que apareció una trampilla. Tiró de ella y la abrió, mostrando en su interior unas escaleras.

- Por aquí- me espetó mientras se posicionaba para descender por ellas.

Me apresuré a imitarle y descendí tras él. Llegamos hasta una pequeña sala a oscuras; una vez abajo el posadero se adelanto y comenzó a encender una serie de almenaras que estaban repartidas por toda la habitación. Cuando la estancia se llenó de haces rojizos centelleantes y los ojos se me acostumbraron a ellos, pude vislumbrar una mesa redonda en el centro, numerosas hojas de papel esparcidas por ella y colgadas sobre las paredes, y unos cuantos escudos y espadas apoyados junto a la mesa.

- Bienvenido al cuartel general de la sociedad secreta de la “Espada Púrpura”- fueron las palabras del posadero mientras alzaba los brazos y tomaba una fuerte bocanada de aire.

- ¿Y qué es eso?- le pregunté sorprendido.

Comenzó a explicármelo todo. La sociedad de la “Espada Púrpura” era una organización secreta compuesta por soldados y milicianos que tenía por objetivo luchar contra Morgan y Riel. Me aclaró también que aunque este aún era su principal cometido, con el paso de los años los integrantes de la sociedad se habían convertido en algo similar a mercenarios al servicio de todo aquel que hubiese sufrido alguna clase de improperio y tuviera dinero para pagarles.

Le miré asombrado. Nunca Orson, Lance o David me habían hablado sobre ella, los dos ancianos únicamente me habían comentado el mismo día de mi partida que hablara con Herzen, pero nada me habían dicho sobre sociedades secretas. ¿Una organización en contra de “El Sediento”? la verdad es que no sonaba nada mal. El posadero seguramente notó la expresión de asombro que reflejaba mi rostro ya que siguió con sus explicaciones. Me habló sobre el protocolo que había que seguir para contactar con la sociedad si se requerían sus servicios.

- Se debe acudir a “Bruma Añil” con un sobre púrpura con una carta en su interior que relate los pormenores de la misión.

- ¿Y qué tipo de misiones hacéis?- pregunté.

- De todo tipo, desde escoltar a alguien hasta atrapar ladrones o recuperar mercancías robadas- me respondió al instante.

- ¿Y que hay de Morgan?- volví a cuestionar.

- Bueno muchacho, has de entender que hace muchos años que luchamos en la sombra contra él, hemos llevado a cabo numerosos intentos para atentar contra su vida pero todos han sido en vano. Ahora mismo sólo somos cinco miembros en la sociedad y yo ya estoy muy mayor para el trabajo de campo- me explicó el polifacético mesonero.

Tras esta aclaración pasó a hablarme de estas frustradas intentonas. La mayoría las trató superficialmente; sin embargo, se detuvo en el relato de una de ellas, a la que definió como “la noche de las mil lunas”.

“Hace ya seis años, nos enteramos de que Therim iba a recibir la visita de Morgan con motivo de la celebración de un nuevo aniversario de la unión de la ciudad al reino de Riel; aunque como es obvio, nadie celebraría tal fiesta si no fuese por obligación. El caso es que, a través de uno de nuestros contactos en la ciudad, supimos que el odiado rey iba a pasar la noche allí, algo muy poco habitual en él. Así que aun sabiendo que era algo casi imposible, decidimos intentar atentar contra la vida de “El Sediento”. Llegamos hasta Therim un par de días antes que el rey, por aquel entonces éramos diez los miembros de “La Espada Púrpura”, aunque solo cuatro nos desplazamos hasta la ciudad más comercial de Ashmia: David, Herald, Lian y yo – ¿sería el David que yo conocía?- cavilé internamente a la vez que tenía un punzante presentimiento. La idea era emboscarle durante la noche, cuando pasase a ocupar el improvisado trono que siempre le colocaban en el mercado del distrito sur para que pueda disfrutar del espectáculo pirotécnico (por todos es sabido la afición del monarca a este tipo de actos). En ese momento, apostados sobre los tejados de los edificios contiguos, le regalaríamos una nube de flechas destinadas a acabar con su existencia. Como podrás deducir, nuestro plan no tuvo éxito. El principal error fue obviar que aquella noche era noche de luna llena y por lo tanto la luz iba a ser mayor. Al principio todo parecía ir bien, e incluso logramos alcanzar nuestras posiciones sin ser descubiertos; pero nuestra buena suerte duró poco. Uno de los soldados del séquito que el soberano de Riel lleva siempre consigo, divisó sobre uno de los tejados un reflejo danzante, y rápidamente se dio cuenta de que ese centelleo era la luz de la luna refractando en una de las tiras metálicas con las que el arco de tejo de Herald estaba ornamentado; ese fue nuestro fin. En un abrir y cerrar de ojos los soldados protegieron a su líder y se lanzaron a nuestra captura. Los súbditos del monarca nos cortaron el paso muy cerca de las puertas de salida de Therim y tuvimos que combatir contra ellos; el balance de este enfrentamiento fue trágico para nosotros: Herald fue asesinado y Lian apresado. David y yo conseguimos escapar hasta los “Bosques Plateados de Taumir”, donde sabíamos que Morgan no se atrevería a entrar. Un par de días después regresamos derrotados a Usitania”.

- El David de tu historia no será el famoso guerrero de Znora, ¿verdad?- le pregunté, aunque podía intuir la respuesta.

- Supongo que sí, pues aunque no conozco muy bien esa fama que argumentas, realmente era un guerrero de Znora, ¿le conoces?

Definitivamente debía de ser el mismo, ¿pero cómo era posible? Según me contó el propio David, tras escaparse de las dependencias del palacio de Morgan había pasado un corto periodo de tiempo en Usitania y después se había recluido en esa cabaña perdida entre la inmensidad de Ashmia. ¿Puede que mientras estuviese en la ciudad inconquistable se uniera a la sociedad de “La espada Púrpura”? tal vez, aunque era algo que necesitaba aclarar. Miré al posadero, que estaba haciendo madejas con los dedos de las manos mientras miraba pensativo los papeles esparcidos por la mesa.

- Herzen –alcé la voz para captar su atención- ¿Cómo se unió David a la sociedad?

- ¿Se unió? David no se unió a la “Espada Púrpura”, David creó a la “Espada Púrpura”- me contestó con expresión ceñuda.

- ¿Qué?

- Lo que oyes. Cuando David nos rescato a mí, a Herald, a Lian y a Lance de los calabozos de Riel escapamos hasta Usitania y decidimos crear la organización, de la que tu amigo se erigió como cabecilla.

¿Había dicho Lance? ¿También él? No era posible, ¿el viejo Cuentacuentos un confabulador contra Morgan? ¿Por eso poseía ese extraño escudo púrpura? Sentí un cosquilleo a la altura del estómago mientras mi cerebro maquinaba e intentaba unir las piezas del complejo rompecabezas. Algo mohíno, teniendo en cuenta que estaba totalmente confuso, acerté a preguntar:

- ¿Lance, el Cuentacuentos?

- ¿También le conoces?- me cuestionó Herzen con una mirada inquisitiva.

Asentí con la cabeza.

- Lance era uno de nuestros mejores espías –prosiguió con su exposición-. Su condición de trovador le permitía pasar desapercibido allí por donde fuese, incluso hubo una vez que estuvo en el reino de Riel. Sus informaciones eran tremendamente valiosas para todos los resistentes.

- Ah, ¿qué hay más?- le interrumpí, sorprendido por el hecho de que hablase en plural.

- Muchos más. En cada ciudad de Ashmia e incluso en el resto de continentes que forman el mundo existen grupos que van en contra del rey Morgan. Algunos por intereses propios y otros, como nosotros, por el bien común y por la paz; tan tremendamente anhelada por todos los habitantes del continente- me contestó con cierta resignación ante mi ignorancia.

- ¿Existe una unión entre todos los resistentes?- pregunté esperando escuchar una respuesta afirmativa.

- No exactamente. Verás, aunque todos estamos en el mismo bando no todos luchamos por lo mismo. Más allá de nosotros existen dos organizaciones importantes: los “Solitarios” y los “Incólumes”. Los primeros se refugian en las Islas Solitarias (de ahí su nombre), muy al sur de Igardi-Nuia, y son parte del grupo de dirigentes de los piratas. Los “Incólumes”, son el grupo más antiguo de todos, tienen su escondite en Malvuu y cuentan con más de treinta hombres preparados para la guerra. Existen otros grupos, aunque poco numerosos, repartidos por Osfal, Therim, Calafar o el reino de Meda.

- ¿Por qué luchan aquellos que no lo hacen por la paz?- repliqué algo apesadumbrado por la negativa.

- El reino de Meda por ejemplo, lo hace por dinero. Como sabrás, cuando “El Sediento” consiguió el dominio de Ashmia impuso unos impuestos arancelarios desorbitados; todo producto extranjero que llegaba hasta la aduana debía de pagar una tarifa, que a veces, era incluso más alta que el precio que dicho producto iba a alcanzar en el mercado. Este hecho hizo que el comercio de pieles por parte de Meda se resintiese hasta tal punto que dejo de entrar dicho producto en Ashmia; lo que frenó el crecimiento económico del reino más importante de Veldert. Desde entonces Meda ha prestado apoyo a la resistencia, sobre todo porque el mercado de la piel es una de sus principales fuentes de ingresos. “Los Solitarios”, en gran medida, también lo hacen por recuperar el comercio. Hasta que Morgan les declaró la guerra, los piratas se dedicaban por encima de todo al comercio (aunque nunca hayan sido de fiar), siendo Malvuu y Therim dos enclaves importantes para ellos. Ahora, se dedican casi exclusivamente a secuestrar barcos y saquearlos- me justificó Herzen.

- ¿No crees que esta desunión favorece a Riel?- inquirí.

- Sin duda alguna, pero nada se puede hacer al respecto…- me dijo con un tono de voz pesaroso.

- Si he de serte sincero…creo que no entiendo nada.

- Sé que es complicado de entender, pero tras tantos años de lucha uno tiende a resignarse- me dijo Herzen encogiéndose de hombros.

- ¿Por qué estabais tú y Lance prisioneros? Si me he enterado bien, no os conocíais hasta que David os liberó- cambié de tema intuyendo que nada mas iba a averiguar sobre la desunión de los grupos resistentes.

- Según me contó él mismo, aunque siempre fue un poco fanfarrón –una media sonrisa se dibujó en los labios del posadero al recordar al otrora trovador-, le apresaron por cantar canciones contra Morgan.

- ¿Qué tipo de canciones?

- “Si las lanzas y flechas hablasen,
De su amo y señor,
Dirían que hasta una delicada princesa,
Las sabría lanzar mejor”.

Herzen entonó con su áspera voz, similar al ruido que produce el lijado de la madera temprana, una de las canciones que habían llevado al viejo Cuentacuentos hasta los calabozos del palacio de Riel. Un crujido sordo, como el chirrido de una puerta que lleva años sin abrirse, se oyó de pronto sobre nuestras cabezas. Provenía de la trampilla, alguien intentaba abrirla. Me fijé en Herzen, que había acercado su mano derecha a una larga espada de hoja plana y rojiza mientras miraba con atención a la pequeña puertecilla de madera. Sin apenas darnos tiempo de asustarnos, Dave dio un pequeño salto desde el tramo intermedio de la escalera y cayó enfrente de nosotros; justo después, se encorvó ligeramente y nos saludó haciendo aspavientos con la mano.

- Veo que ya os habéis conocidó- fueron las primeras palabras que salieron de su boca.

- ¿De qué estás hablando?- le cuestionó, sorprendido, Herzen.

- Te habló de que el chico y yo ya nos conocemos. Te iba a hablar hoy de él, creo que seria un buen miembro de “La Espada Púrpura”- le explicó mientras me guiñaba un ojo.

- ¿O sea que ya os conocéis? fantástico, así no son necesarias las presentaciones- dijo con tono jovial Herzen-. Dave hace apenas una semana que se unió a nuestra organización pero cuantos más seamos, más opciones tendremos de vencer a Morgan- me dijo.

- ¿Y dónde están los otros?- pregunté recordando de golpe que eran cinco los miembros de la organización.

- Ahora mismo están en una misión, mañana al mediodía regresarán, será el momento de las presentaciones. Por hoy creo que es más que suficiente, tómate el día libre para que puedas ver la ciudad. Mañana a la misma hora llamaré a tu puerta y nos reuniremos aquí. Va por ti también Dave- Herzen levantó la voz mientras nos miraba con gesto serio.

El de Orés asintió con la cabeza, se despidió y se marchó. Lo mismo hice yo de Herzen y subí por la trampilla hasta el bar, desde el que accedí a la calle. Aún era temprano, el viento era frío y una ligera bruma blanquecina abarrotaba la atmósfera de Usitania. Respiré hondo y me dispuse a adentrarme en las serpenteantes calles de la ciudad.

25/08/2009

Capítulo 9

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 13:25

Nunca más caminaras solo

Caminé muy rápido, pues todavía me quedaba un largo trecho hasta las llanuras durmientes de Eleanor, desde donde, en principio, se podían contemplar ya las enormes murallas de la ciudad inconquistable. Anduve largo rato en dirección norte disfrutando del hermoso paisaje que se extendía a mi alrededor. Miles de florecillas silvestres de cientos de colores diferentes se expandían sin orden por todo el territorio cercano y lejano, bajo mis pies y mucho más allá de lo que podían alcanzar mis ojos. Mi objetivo era volver a la ruta de Cook y seguirla hasta la ribera del Mulm, la cual debía bordear hasta los límites occidentales de las llanuras. Un par de horas después volví a divisar el empedrado sendero que unos años atrás me había traicionado y abandonado a mi suerte. Nada sucede sin un motivo- era lo que pensaba siempre que recordaba los malos momentos pasados.

En torno al mediodía, con un majestuoso sol primaveral gobernando los cielos, aproveché un pequeño rellano plagado de arbustos para hacer una pausa y comer algo. Eché mano de las provisiones con las que David había llenado mi mochila la noche anterior y comí una hogaza de pan con algo de queso y un par de naranjas poco maduras. Poco después de terminar de degustar la segunda pieza de fruta abandoné el improvisado comedor e inauguré de nuevo la caminata. Avancé por la ruta comercial sin cruzarme con nadie, disfrutando del olor a jazmín que impregnaba a los vientos y esperando ver de un momento a otro las cristalinas aguas del Mulm, algo que no tardó en ocurrir. Remonté un menudo montículo de alta hierba (más alta curiosamente que en ningún otro lugar) y al llegar a lo más alto, allí estaba; el profundo y caudaloso Mulm cortando en dos el horizonte. Prorrumpí súbitamente en una desatada alegría y corrí y corrí como desenfrenado corcel hasta alcanzar los límites del río.

Las aguas del Mulm eran totalmente diáfanas, más incluso que las del lago Ilona, y si te fijabas bien, podías observar peces de distintas clases y tamaños revoloteando a sus anchas entre ellas. La corriente, no demasiado fuerte en esa época del año, impregnaba el ambiente de un retronar constante. La vegetación del lugar era exuberante y varios centenares de animales entre insectos, pájaros y pequeños mamíferos campaban con total tranquilidad en torno a mí. Seguí la zigzagueante orilla del río más caudaloso de Ashmia hacia el oeste, en busca de uno de los varios puentes que lo atravesaban. Encontré el primero de ellos tan solo una hora después, estaba construido totalmente en piedra y su estructura formaba una curva ondulada con un arco en el centro que dejaba pasar las aguas sin interrupción alguna. Al otro lado de la pedregosa construcción estaba uno de los lugares más especiales del mundo conocido; las llanuras durmientes de Eleanor. Cuando vislumbré por primera vez en mi vida tan particular lugar me vino hasta la mente la historia de la joven muchacha que da nombre a la consabida extensión de terreno. Sin ese relato, que como tantos otros me había narrado Lance hace ya unos años, no hubiese comprendido de la misma forma el sobrenombre de durmientes. Recordé, palabra a palabra, el parlamento del Cuentacuentos.

“La historia de Eleanor es la historia de un amor imposible, de una tragedia evitable –con estas palabras empezó el relato el retirado trovador-. Según cuentan –casi siempre atribuía a otros el origen de sus historias-, la joven era la única hija de una humilde familia de pescadores de Malvuu; ella no era muy diferente a cualquier otra niña de la ciudad aunque si más hermosa. Sus ojos eran negros como el azabache y su pelo largo y castaño, su nariz era redondeada y coqueta y su sonrisa bella como el primer rayo de luz reflejando en el rocío del alba. Sin embargo, la vida de Eleanor no fue nunca fácil. Se quedó huérfana desde muy pequeña, pues sus progenitores desarrollaron una extraña enfermedad que no consiguieron superar. Una noche, cuando Eleanor contaba tan solo con cuatro años de edad, sus padres quedaron profundamente dormidos y nunca mas volvieron a despertar; sus corazones podían seguir latiendo pero sus cuerpos yacían inertes sobre la cama. Desde entonces, la preciosa niña quedó al cuidado de sus parientes más cercanos, unos tíos de Usitania. Lo que estos no sabían era que la pequeña Eleanor escondía un enorme y terrible secreto, un secreto que por suerte para todos había descubierto a muy temprana edad. Desde la extraña enfermedad de sus padres la niña había dejado de hablar. Sus tíos, y algunos expertos en la materia, atribuían la mudez al trauma causado por haberse quedado huérfana a tan temprana edad. Lo que no era para nada cierto, pues Eleanor no había enmudecido por ningún trauma; su mudez se debía a que había descubierto que a todo aquel al que le profesaba su amor a través de las palabras, caía sumido en un profundo sueño del que nunca jamás volvía a despertar. Por eso, para proteger a sus seres queridos, había prescindido del habla, evitando así cualquier inoportuno descuido”.

Recuerdo que en este punto de la historia, una mueca de asombro se dibujó en mi cara a la vez que un suspiro de fascinación escapaba desde mis entrañas. Pero la historia no acababa ahí.

“Pese a este ingrato don, los años fueron pasando para Eleanor, que fue creciendo feliz hasta convertirse en una bella y dulce adolescente de diecisiete años. Y como en toda chica de la mencionada edad, su cuerpo y su mente empezaron a interesarse por los hasta entonces menospreciados chicos; aunque en el caso de Eleanor fue más bien al revés. Había por aquella época, cuando Usitania apenas era un grupo de casas al cobijo de unas enormes murallas, una familia de honrados comerciantes que tenían un hijo llamado Shawn. El muchacho, un año mayor que ella, era tremendamente alto y delgado, tenía el pelo pajizo y lacio y unos ojos marrones tremendamente refulgentes. Cuentan que el joven Shawn quedó prendado de Eleanor desde el primer día en que la vio. Durantes semanas que se convirtieron en meses el joven aprendiz de carpintero (pues esa era la profesión que habían elegido para él sus padres) intentó en vano captar la atención de Eleanor; le regalaba hermosos ramos de rosas blancas y rojas, le escribía poesías e incluso le obsequiaba con pequeñas figuritas de ella misma talladas por el en la inigualable madera de los bosques plateados de Taumir. Eleanor, aunque se mostraba reacia en un primer momento, fue sucumbiendo poco a poco ante los encantos del joven y ante su propia curiosidad; así que finalmente accedió a citarse con Shawn. No tardó mucho en surgir el amor entre ambos, y pese a la mudez de Eleanor, lo cierto es que parecían entenderse a las mil maravillas. Sin embargo, nada bueno dura eternamente; y una tarde de otoño como otra cualquiera, con su manto rojizo de hojas caducas cubriéndolo todo, los dos enamorados abandonaron los altos muros de la ciudad inconquistable para dar rienda suelta a su pasión en los territorios adyacentes a la población. Llegaron hasta la orilla del Mulm tras caminar durante varias horas entre jugueteos y animadas charlas, a ambos les gustaba pasear hasta tan distinguido emplazamiento, y eran muchas las tardes que habían perdido entre caricias y el continuo refunfuño de las aguas del río. Pero aquel día el destino de ambos se vio tristemente enturbiado por un terrible y trágico acontecimiento. Aquella tarde de otoño, Shawn pidió a la bella Eleanor que le dijese que le quería. La muchacha, sabedora de lo que sucedería si esas palabras escapaban de su boca, se negó rotundamente, algo que llenó de pena al delgado aprendiz de carpintero. Tal fue la tristeza que se reflejó en los ojos del joven que Eleanor, esperanzada en que los años hubiesen acabado con la maldición que la acompañaba, pronunció con un suave hilo de voz, apenas audible, un sincero aunque temeroso “te quiero”. Todo quedó entonces en silencio, el viento paró de zarandear a los árboles, la corriente del Mulm dejó de retronar y todo movimiento o sonido de animales cesó al instante. Cuando Shawn escuchó el te quiero de Eleanor, esbozó una enorme sonrisa en su rostro, aunque desgraciadamente para él, esas lindas palabras fueron las últimas que escuchó en vida. Ya que lo que se sabía que iba a pasar, finalmente sucedió; y el chico quedó sumido en un profundo sueño del que nunca más iba a despertar. Lo que viene a continuación –recuerdo que Lance me miró afligido mientras exhalaba un sombrío suspiro- es uno de los finales más trágicos que uno puede escuchar. Tras la muerte de Shawn pocos días más tarde (pues al final acababan muriendo, normalmente una semana después), los oscuros ojos negros de Eleanor no dejaron de llorar y su alma fue cayendo en una peligrosa melancolía. Tres meses después, la joven, totalmente consumida por la pena, se quitó la vida con un limpio corte en las venas. Cuenta finalmente la historia como los familiares de ambos, tras cremar sus cuerpos con los rituales funerarios apropiados, esparcieron sus cenizas por la ribera del río Mulm, donde tantas y tantas veces habían disfrutado de su amor. Por eso, a toda esa amplia extensión de terreno se la conoce como “las llanuras durmientes de Eleanor”, pues allí es donde descansa el espíritu de la hermosa muchacha de Malvuu, y allí es dónde por última vez se escuchó su maldita voz. Si un día consigues ver las llanuras entenderás mejor lo que acabo de contarte- recuerdo que fueron las palabras que utilizó Lance para dar por terminado su discurso”.

Ciertamente el relato cobraba un mayor sentido al contemplar el lugar. Todo, absolutamente todo, estaba quieto en él, no había animales ni apenas árboles, y los que había presentaban un aspecto del todo ajado; solo unas pocas flores se mezclaban con la gran capa de hierba que recubría todo el emplazamiento. Tras dejar atrás el puente de piedra y pisar tan mágico lugar una extraña sensación recorrió mi cuerpo. Era como si la vida descansase en aquel lugar, aunque existía, eso era innegable, pero a su vez reposaba aletargada; en una extraña comunión con la muerte. Algo atónito ante el excepcional escenario seguí caminando contagiado de ese sopor que flotaba en cada uno de los recovecos del espacio. Pronto me di cuenta que aquellas extrañas tierras eran más anchas que largas, pues desde mi posición podía contemplar los limites de las llanuras durmientes de Eleanor, fronteras delimitadas por abundantes aunque poco densas agrupaciones de pinos. Y por encima de ellas, tan altos que incluso las nubes bajas osaban posarse sobre ellos, se alzaban majestuosos los muros de Usitania; la ciudad inconquistable.

Miles de nervios empezaron a bambolear primero en mi estómago y después en mi corazón. Un nudo atrancaba mi garganta a la vez que una histérica sonrisa se manifestaba descontrolada en mi faz. Normalmente era un muchacho de lo más tranquilo, sin embargo, la percepción de los colosales baluartes de la ciudad me volvió literalmente loco. En ese momento, un fuerte clamoreo de felicidad pudo escucharse dentro de mi alma; el ver aquellas murallas tuvo un efecto casi mágico en mí. Tras un largo lapso de algo más de dos años todo parecía mucho más claro. Usitania estaba ahí, al alcance de mis ojos; casi podía olerla, tocarla, sentirla entre mis dedos. Fue solo unas horas más tarde cuando alcancé, tras superar los pinares limítrofes, la entrada de la única ciudad plenamente independiente del continente; he de admitir que quedé totalmente perplejo al contemplarla. Los gruesos muros construidos en recia roca se elevaban más de cuarenta metros sobre el suelo, al lado de ellos cualquier humano, incluso el más alto y robusto, parecía una mota de polvo más dentro de un inmenso desierto. Me acerqué, todavía ligeramente extasiado, hasta los portalones que daban acceso a la ciudad, dos guardias interfirieron en ese preciso instante en mi camino.

- ¿Quién eres muchacho y cuál es el motivo de tu visita a Usitania?- me espeto el más alto de ellos con mirada displicente.

Ambos soldados vestían armaduras de varias piezas que recubrían casi por completo sus cuerpos. Estaban armados con dos largas espadas y un inmenso escudo picudo decorado con los emblemas más representativos de la población; destacando en un relieve más remarcado la imagen de un sol atravesado por una larga espada. Evitando cualquier gesto o palabra que pudiese engendrar algún tipo de suspicacia en los guardas, me apresuré a contestar.

- Me llamo William, y vengo a ver a Herzen Doll, el posadero, que me ha ofrecido un trabajo en su establecimiento- le respondí intentando mostrarme calmado.

Herzen, debía ser alguien verdaderamente importante, pues tanto Orson como Lance le conocían, e incluso me atrevería a decir que David también, pues más de una vez mencioné su nombre y nunca puso objeción alguna sobre él. Ahora mismo, localizar al misterioso posadero de Usitania era mi principal propósito. El problema estaba en que no sabia cual era el nombre del mesón que regentaba ni dónde se situaba.

- ¿Vas a trabajar en “Bruma añil”?- preguntó ahora el más bajito con voz queda.

- ¿Acaso existe otra posada en Usitania?- respondí intentando mostrar una expresión de sorpresa.

- Lo cierto es que no, había otra en la periferia, pero al final el local de Herzen hizo que cerrara, siempre resulta mucho más cómodo tomarse una cerveza en la plaza principal que en las afueras- dijo el alto mientras se rascaba la barbilla.

- Eso es algo totalmente cierto- contesté satisfecho de que mi pequeña triquiñuela hubiese surgido efecto.

Ambos centinelas pasaron a mirarse con gesto solemne y parlotearon durantes unos instantes con altanería. Permanecí de pie mientras charlaban, ojeando las inmediaciones. Contiguo a los enormes portalones de rojiza madera, había un pequeño habitáculo, de apenas tres metros de alto y uno y medio de ancho que debía servir como caseta para salvaguardarse del frío en los turnos de guardia. Mientras escudriñaba todos los detalles, el guardia más diminuto, que exhibía un poblado mostacho debajo de la celada que portaba, se dirigió hacia mí con tono distendido.

- Está bien muchacho, si ese es el motivo de tu viaje, puedes pasar. Disfruta de Usitania.

Después, chasqueó los dedos y su compañero se metió en la caseta, momento en el cual las puertas comenzaron a ceder con virulencia aunque con lentitud. Cuando ambas estuvieron completamente abiertas, me dí cuenta de lo extraordinario que era aquel lugar. Su fuerza política, apoyada fundamentalmente en su condición de territorio neutral para cualquier clase de negociación, y su reconocida (incluso por el propio Morgan) independencia, había permitido a la ciudad crecer y desarrollarse como a ninguna otra en el continente. Además, su privilegiada situación geográfica y sus enormes murallas protectoras hacían de Usitania una población prácticamente imposible de conquistar.

- ¿Te vas a quedar mirando eternamente?- me preguntó uno de los guardias interrumpiendo mis reflexiones.

- No, no, disculpe señor. Es que nunca había visto nada igual- me apresuré a responder.

El guardia se echó a reír y con un gesto de espada me invitó a entrar. Agarré fuertemente la mochila intentando ocultar mis propias armas y entré, aún asombrado ante lo que contemplaban mis ojos. Usitania era un conjunto de calles estrechas aunque bien organizadas y delimitadas; hileras de casas de un color beige apagado se extendían a ambos lados de la calzada. Los tejados eran de diversas formas y colores: los había planos en tonos índigos, triangulares de tejas granates e incluso algunos, los menos numerosos, eran casi redondos con tejas de color carbón. La gente abarrotaba las adoquinadas calles, mientras un gran baile de esperanzas e ilusiones se iba atolondrando frente a mis risueños ojos. Aún sobrecogido, continúe caminando un buen rato más, contemplando la grandilocuencia y belleza de una ciudad única. Llegué hasta una plaza con una gran fuente circular de tres estantes de altura; en la zona central de dicho monumento estaba esculpido un sol atravesado por una espada –esta debe ser la plaza principal y el emblema militar de Usitania- pensé. Esperanzado con la idea de que la posada no podía quedar muy lejos de aquel lugar, me metí por diferentes calles hasta que di con ella. Escasamente a unos quince metros en dirección oeste; apostada entre dos callejuelas, se alzaba “Bruma Añil”. Era un edificio bastante antiguo, diferente a la tónica habitual que se repetía en el resto de edificios de la ciudad. Su fachada estaba pintada en tonos violáceos, tenía un tejado picudo de teja granate y de su repisa colgaba un desgastado letrero en el que todavía podía leerse con claridad el nombre del mesón. Contemplé su estrafalaria arquitectura durante unos instantes más y finalmente accedí al interior, el cual me resultó mucho más familiar. Varios conjuntos de mesas y sillas ocupaban la mayor parte del espacio, en el centro había una pequeña barra, a la derecha unas escaleras que accedían a un piso superior y por supuesto, esparcidos por todo el habitáculo, un buen número de lugareños disfrutaban de la bebida y las mujeres. Me acerqué a la barra, que estaba regentada por una robusta mujer de pelo castaño y ojerosos ojos ocres, que gritaba histérica a unos individuos que andaban montando jaleo. Debía rondar los cincuenta años

- Hola. Estoy buscando a Herzen, ¿sabe dónde puedo encontrarlo?- le pregunté.

- No está aquí, y no va a volver hasta mañana, a saber dónde estará ese viejo truhán- me contestó con enfurecido semblante.

El alboroto iba en aumento y provenía de una de las mesas en la que tres hombres discutían acaloradamente. No logré entender el motivo de su discusión pero me llamó la atención el acento y la vestimenta de uno de ellos. El susodicho, calzaba unos botines negros de piel, unos pantalones de lino gris y una camisa blanca de seda, además de un chaleco corto marrón oscuro. Su voz era melosa y suave, y en muchas palabras acentuaba equívocamente las sílabas finales. Tras unos minutos, la escena fue recuperando su habitual atmósfera y las aguas volvieron a su cauce. El hombre de acento extraño se acercó a la barra para pedir más cerveza. Yo le observaba curioso. Tenía el pelo totalmente rapado, tanto que era muy difícil adivinar el color de sus cabellos; sus ojos eran grandes y azules y bajo su aguileña nariz se extendía por varios centímetros un fino bigote de color pardo.

- ¿Qué te crees que estás mirandó?- murmullo cuando se percato de que le estaba observando.

- Nada señor, discúlpeme, acabo de llegar a la ciudad y nunca había visto a nadie con una entonación al hablar como la suya- le contesté de forma sincera.

Su semblante cambió radicalmente y soltó una sonora carcajada, agarró su jarra de cerveza, acomodó su postura en la barra y se giró hacía mí para empezar a explicarme el motivo de ese acento.

- Muchacho, eso es porque no soy de aquí. Mi nombre es Dave –nos dimos un apretón de manos después de que le hubiese dicho también mi nombre- y vengo desde el continenté de Veldert, más concretamente del reinó de Orés. Llegué a Usitania hace un par de semanas- empezó a explicarme.

- ¿Y qué te ha traído hasta esta parte del mundo?- le interrumpí, cortándole el discurso.

- Aventurás, riquezas, grandes tesoros…y sobre todo, el desamor –suspiró fuertemente y bebió un largo trago de cerveza-. En mi tierra, era un fiel servidor del rey Imal y un gran militar del reino de Orés, pero fui desterrado por enamorarmé de la mujer equivocada. La hija del rey, Thelma, se convirtió en mi perdición y nuestro prohibido amor acabó con mis huesos en esta parte del mundó. ¿Y a ti que te trae hasta aquí?- me preguntó tras acabar su intervención.

- He venido a encontrarme con Herzen, el posadero, el cual debe ayudarme en el cumplimiento de un cometido- le respondí.

-¿Y qué cometido es ése?- volvió a preguntar.

- Lo cierto es que es una larga historia- fueron mis palabras a modo de respuesta.

- No veo una cosa mejor que hacer- dijo con la jarra de cerveza ligeramente elevada.

Me acomodé en la barra mientras Dave pedía un par de jarras de espumosa cerveza a la mesonera. Repasé mentalmente lo que debía contarle y lo que no; necesitaba ser precavido, ya que llevaba diez monedas de oro escondidas entre mis pertenencias y además apenas conocía a aquel tipo como para fiarme de él de buenas a primeras.

- A esta invito yo- me anunció sonriente mientras me acercaba una jarra.

Bebí un buen trago de cerveza antes de empezar con mi discurso, hacía ya varias horas que había bebido por última vez y la garganta empezaba a molestarme.

- Ciertamente el motivo exacto de mi viaje es difícil de delimitar –comencé a hablar algo dubitativo sobre que decirle exactamente a Dave-, pues ni tan siquiera sé de que va a servirme hablar con Herzen; puede simplemente que haya venido hasta Usitania porque era lo que tenía que hacer o puede que no, y este sea solo un alto más en mi largo camino –el de Orés me miraba cada vez más interesado-. Lo cierto es que como tu, se podría decir que he venido aquí en busca de aventuras; no me interesan mucho los tesoros y las riquezas, pero estaría encantado de vivir las mas emocionantes andanzas –respiré complacido de haber salido airoso del problema.

- William, creo que el destino nos ha reunido hoy en esta taberná –me dijo dando un respingo sobre la silla y poniéndose todo lo erguido que le dejaba la cerveza- . ¡Ambos buscamos lo mismo, o casí! – me gritó enfervorizado.

No supe bien que responder, aunque tampoco me dio tiempo Dave, que siguió hablando.

- Aunque creo que será mejor que hablemos de esto mañana, hoy ya es muy tarde y he bebido demasiadó. Tranquilo, hoy te pago yo la habitación- me espetó sonriente.

Mi nuevo amigo se acercó hasta la barra y habló con la camarera. Se sacó del bolsillo derecho del pantalón una bolsa de tela de la que cogió dos monedas de oro y se las entregó a la mujer. Ella le correspondió entregándole dos llaves. Después vino hacía mí, me entregó una de las llaves y me deseó las buenas noches. Agradecí el gesto y me dirigí hasta mi habitación, situada en un segundo piso del recinto. La sala era bastante fría y gris, aunque al menos la cama era cómoda; me tumbé sobre ella y comencé a pensar en Dave y en su aspecto, mezcla de poeta y perillán, y así, absorto en mis propios pensamientos, caí sumido en un profundo sueño.

20/08/2009

Capítulo 8

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Los ojos del mal

El aire impregnaba el ambiente de un aroma pérfido, mientras un silencio antinatural serpenteaba con libertad por la amplia estancia del torreón. Por la ventana en forma de óvalo se colaba una sutil luz de luna que dejaba al descubierto millones de partículas de polvo esparcidas por la habitación. Las paredes de húmeda roca gris cubrían todo el lugar con su melancólica tonalidad. En el fondo de la sala, una anaranjada claridad, procedente de una diminuta lámpara de mano, alumbraba sin apenas fuerza la figura de un hombre recostado sobre un pardo sillón de piel.

Sus ojos eran azules, pero no de un azul normal, no; azules como si mezclásemos el mar y el cielo y los metiésemos en un bote de transparente cristal. Sus facciones eran huesudas y su mandíbula afilada, su piel era pálida y su pelo rubio como el trigo tardío. Iba vestido con un lujoso traje de color negro, con ribetes y bordados en su cuello y puños. En su regazo, un gato negro ronroneaba placenteramente con cada caricia.

- Ves a esos aldeanos desagradecidos cuchicheando en sus casas, ¿los ves, Bardo, los ves?

Un suave ronroneo interrumpió el fluido discurrir del silencio.

- ¿Los ves? –el hombre de los ojos azules se levantó dando un fuerte respingo y lanzó al gato con virulencia, fuera de su regazo- Esos desagradecidos no saben valorarme, deberían morir todos, sí, eso es lo que deberían de hacer. Me encantaría bañarme con la sangre de esos desgraciados.

El gato miró con sus ojos verdes de pesadilla a la figura ahora erguida en la negrura del habitáculo, y le obsequió con un sonoro gruñido de odio.

- Señor, ¿está bien?- una voz sonó tras la pesada puerta de madera que sellaba la habitación.

- Adam, te he dicho que me llames Morgan – contestó desde el interior el soberano de Riel a la vez que movía espasmódicamente la cabeza y ponía los ojos en blanco.

- Lo siento señ…digo, Morgan…

- Es este estúpido gato, ¡no quiere escucharme!- “El Sediento” interrumpió a su soldado.

- ¿Quiere qué me lo lleve?

- No, creo que a partir de ahora va a escucharme, ¿verdad Bardo?- dijo Morgan dirigiéndose al gato con los ojos fuera de las orbitas y golpeando repetidamente la pared con la palma de la mano extendida.

- Siento haberle molestado señor.

- ¡Que no me llames señor!- la voz del monarca sonó como un desgarrado aullido mientras abría con rabia la puerta.

La silueta de un soldado se dibujó en la penumbra tras ella. Una armadura negra compuesta por varias piezas diferentes cubría el cuerpo del joven Adam. Al verlo, “El Sediento” se abalanzó, totalmente descontrolado, contra él y le agarró del cuello. El soberano de Riel apenas superaba el metro setenta de estatura y los cincuenta kilos de peso. Sufría de raquitismo desde los ocho años, enfermedad que le otorgaba un aspecto terrible; estaba desmejorado, andaba ligeramente encorvado y los huesos se le marcaban de forma nauseabunda bajo la fina capa de blanquecina piel que le cubría el cuerpo.

- Lo siento…- le respondió Adam, aterrorizado.

- Lo siento, lo siento, lo siento- comenzó a repetir Morgan soltándole el cuello y comenzando a golpearse con las manos abiertas su propia cabeza.

Adam tragaba saliva con dificultad, esperando simplemente que el monarca se olvidase de él, algo que para su desgracia, no ocurrió. Tras unos minutos en los que únicamente se escuchaba el turbado caminar del rey, Morgan se encaró con su soldado mientras mantenía una sonrisa diabólica en los labios. En cuestión de segundos, el soberano de Riel sacó una pequeña daga que escondía en su bota derecha y en un ágil movimiento le rebanó la garganta a su militar. La sangre comenzó a brotar a gorgotones desde la profunda herida. Poco después, el cuerpo de Adam yacía inerte sobre el rocoso suelo del torreón del castillo donde pasaba las noches “El Sediento”. Mucho más calmado, Morgan se arrodilló junto al cuerpo de Adam e introdujo con cara de placer sus manos en la herida, empapándose las manos de sangre. Una risa fría, cruel, tan terrible que hasta los caballos de los establos cercanos empezaron a relinchar nerviosos, surcó el oscuro cielo, tan lóbrego como aquella horrenda carcajada.

Capítulo 7

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El año de la espada

Agarré la mochila repleta de víveres que David me había preparado la noche anterior y me dispuse a salir a la calle. El héroe de Znora descansaba sobre el parapeto del porche con la mirada perdida en el verde horizonte, propio del mes de mayo que acabábamos de estrenar. Cientos de flores silvestres de variados y vivos colores bailoteaban al son de los vientos mientras los rayos de un tibio sol primaveral titilaban en los charcos que aún quedaban de las lluvias de días pasados.

- Parece que por fin ha llegado el día ¿eh?- me preguntó de forma retórica.

- Eso parece- me limité a contestar.

Y así era. Tras algo más de dos años de aprendizaje había llegado el momento de continuar con mi historia. Sin embargo, no pude evitar echar la vista atrás y recordar todos los momentos que había pasado junto al mejor de los guerreros de la región de Znora. Aún recordaba como si fuese ayer el brillo que irradiaban los ojos de David cuando me propuso ser mi maestro. Con mi llegada, el veterano guerrero volvió a recuperar la ilusión, la esperanza en la victoria en su eterna e interminable lucha contra el tirano rey de Riel. El día que tuvo que recluirse en las montañas seguramente pensó que su guerra había terminado, que había sido derrotado, que ya nunca podría acabar con Morgan. Pero entonces llegué yo y todo cambió para David. Conmigo surgió una nueva oportunidad, una nueva posibilidad de victoria.

Para avivar este sueño diseñó con mucho mimo un entrenamiento fundamentado en cinco fases con el que buscaba aumentar mi control de las emociones, de los sentidos y de la fuerza. Nunca se preocupó por el tiempo que nos iba a llevar hacer de mí un gran guerrero (o al menos, un guerrero), siempre confió en mi capacidad y no vaciló ni un solo instante en ser duro conmigo cuando la situación lo requería. Me entrenó como se entrena a un guerrero. Ni los esbirros de Morgan han recibido un entrenamiento como el tuyo -solía decirme-, y eso que el ejército de “El Sediento” alardea de ser el mejor entrenado de todos. David era dos personas diferentes cuando entrenábamos y cuando no. Durante el adiestramiento se transformaba en un frío instructor de academia militar, impasible, rudo y exigente con cada uno de mis ejercicios. Sin embargo, una vez abandonábamos el entrenamiento, David se convertía en un hombre maravilloso; atento, agradable en el trato, protector y siempre con una sonrisa en los labios. En el cuarto día de mi segundo mes con él, mientras degustábamos una sabrosa cena comenzamos a hablar sobre la guerra. David, como tantos otros, había sufrido en sus carnes la maldad de Morgan. El odiado rey de Riel le había arrebatado todo aquello que quería y le había obligado a exiliarse hasta aquel lugar perdido.

- ¿Estabas casado David? es que hace tanto tiempo que abandonaste Znora, y yo era tan pequeño, que lo que conozco de ti es apenas lo que cuentan las leyendas e historias locales.

- Sí, estaba casado y tenía una familia además. Mi esposa Elizabeth y mis dos hijos, Nelson y Valery, de tres y ocho años respectivamente, eran mi vida y todo lo que necesitaba para ser feliz. Pero esa asquerosa guerra comenzó y como sabrás al primer lugar al que salpicó fue el norte de Znora- comenzó a narrar su trágica experiencia vital.

- Lo sé, los ancianos de nuestro pueblo intentaron pedir ayuda a Usitania entonces, pero no quisieron intervenir militarmente y sólo se ofrecieron, años más tarde, a ejercer como sede de negociación; aunque de nada sirvió- respondí para que comprobase que sabía la terrible historia de nuestro pueblo.

- Así es. Al principio pudimos defendernos bien de los ataques, pues apenas venían pequeñas avanzadillas de militares, pero después Morgan fue enviando con cada vez más frecuencia a sus soldados. Hasta que una mañana, a plena luz del día decidió asestar el golpe definitivo. El mismo se presentó en persona para acabar con nuestro pueblo. Entre él y su ejército, de más de cien hombres, fueron asesinando a nuestros guerreros más fuertes primero y al resto de civiles después, sin hacer ninguna distinción entre hombres, ancianos, mujeres o niños. Los mató a todos, incluida mi familia. Nada pude hacer por salvarlos, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, pero no fue suficiente. Luché mano a mano con “El Sediento” mientras sus esbirros observaban atentos la batalla. Tras algunos minutos que me parecieron una eternidad, el tirano me hendió su espada cerca del corazón y me dejó tirado en el suelo para que pudiese ver como asesinaba brutalmente y sin ningún tipo de miramiento a toda mi familia. Todo sucedió a escasos metros de mí, lo pude ver con mis propios ojos y no pude hacer nada por evitarlo. Tras acabar con la vida de todo aquello que yo amaba, Morgan y sus secuaces volvieron a Riel dejándome allí para que muriese desangrado. Cual fue mi desgracia que las heridas no alcanzaron ningún órgano vital y conseguí frenar la hemorragia con sal y fuego. Unos días después estaba casi recuperado, fue entonces cuando me dirigí al sur para ayudaros. El resto de la historia ya lo conoces- su tono era triste y las lágrimas aparecieron en numerosas ocasiones en sus ojos mientras iba narrando los hechos.

-Siento mucho lo de tu familia David, te prometo que un día conseguiré vengarlos- respondí enfurecido.

-Ojala que llegue ese día William, pero antes tenemos que entrenarte para que al menos tengas opciones reales de poder llevar a cabo nuestra más que merecida venganza- contestó intentando relajar mis ánimos.

No volvimos a hablar sobre ello. No fue hasta el inicio del mes de mayo cuando empezamos con el entrenamiento (llegué a su cabaña a mediados del mes de enero). La primera prueba de David tenía por objetivo ayudarme a desarrollar mis sentidos hasta un nivel más alto, y fortalecer de paso mi mente. Para ello me llevaba hasta una cueva oscura, de aspecto hosco y en la que normalmente el suelo estaba enlodado, lo que hacía que mis movimientos fueran más torpes e imprecisos. Una vez dentro, me tapaba los ojos con un pañuelo y comenzaba a golpear bruscamente las paredes para desorientarme, después se movía sigilosamente a lo largo y ancho de la cueva mientras me lanzaba pequeños guijarros intentando golpearme. Con todo este ritual (que repetimos durante meses) quería conseguir que fuese capaz de aislarme de lo que no era importante y me centrase solamente en el sonido de la pequeña piedra que se dirigía hacia mí, con el fin de esquivarla.

La segunda prueba fue la menos enrevesada de todas pero también la más dura. En ella no era importante la habilidad, ni la concentración; lo único que importaba era la voluntad y la fuerza. Con la llegada del buen tiempo, los manantiales próximos aumentaron considerablemente su caudal y la fuerza de sus corrientes. En ellos se basaba la segunda parte de mi adiestramiento. El mejor guerrero de Znora me hacía remontar una y otra vez la corriente de los manantiales, luchando contra la tremenda fuerza de sus aguas. Había veces en las que me ataba dos enormes piedras a los tobillos que me hacían infinitamente más difícil el avanzar entre ellos. Los primeros días sufrí de terribles dolores en las piernas, incluso hubo veces en las que temí por las secuelas que el ejercicio podría ocasionar en ellas. Pero David estaba seguro de que a la larga esta práctica sería beneficiosa para mí. Y tenía razón. Mis piernas se hicieron cada vez más fuertes y resistentes.

Y si la segunda prueba había sido la más dura, la tercera fue sin duda la más complicada. Una calurosa mañana del mes de septiembre, y sin previo aviso, David simplemente desapareció. En un primer momento lo busqué por las inmediaciones del lugar, pues nunca antes se había marchado. Por supuesto, no hubo suerte alguna y no encontré ni tan siquiera un rastro de él. Varios días más tarde me aventuré a buscarle varios kilómetros al Este, muy cerca de la ruta de Cook (sí, me había desviado varios kilómetros el día de la tormenta); tampoco hubo señal alguna del guerrero. Me encontraba en una situación complicada, pues mi maestro había desaparecido sin dejar huella y las provisiones empezaban a escasear. Fueron momentos de duda y de desasosiego en los que no tenía claro como seguir adelante, sin embargo, decidí que tenía que empezar a valerme por mi mismo si quería sobrevivir. David se había marchado, pero al menos tenía un techo donde cobijarme. Acepté la idea de quedarme allí hasta que David volviese y comencé a cazar y pescar para obtener comida. Al principio era realmente torpe, recuerdo como los peces, incluso los más viejos, esquivaban mi arpón con la facilidad con la que la lluvia empapa las hojas de los árboles. Y los animales no eran menos hábiles, pues jabalíes y conejos intuían con suma facilidad mi presencia y huían antes incluso de que pudiese tensar la cuerda del arco. Los primeros días apenas pude llevarme bocado a la boca y no fue hasta un par de meses después cuando mejoré notablemente mi técnica y empecé a cazar con cierta facilidad piezas hasta entonces inalcanzables. Eran mediados del mes de noviembre cuando David regresó. Abrió la puerta de la casa y me saludó como si nada hubiese pasado.

- ¿Dónde has estado?- le pregunté totalmente sorprendido.

- Fuera. No podía volver hasta que fueses capaz de valerte por ti mismo. ¡Podrías haberte dado más prisa por cierto!

- ¿Cómo?- le pregunté perplejo por su respuesta.

- Es sencillo William. Debes tener en cuenta que no siempre voy a estar a tu lado, así que simplemente desaparecí para ver como te las apañabas. Puedes considerarla la tercera fase del entrenamiento, la cual has superado notablemente.

- ¿Y dónde has estado?- todavía continuaba anonadado.

- En un escondite que construí por si llegaba el día en que esta cabaña dejase de ser segura- me respondió sin inmutarse demasiado.

Entendí que no debía seguir haciendo más preguntas, pues el método, aunque algo brusco, había conseguido su objetivo: convertirme en autosuficiente. Con la llegada del mes de diciembre y del invierno las praderas se volvieron a cubrir de nieve, el fluir de los manantiales y la bella armonía de la naturaleza fue apagándose a medida que un tono amarillezco y después blancuzco iba recuperando su trono perdido. Fue entonces cuando el héroe del pueblo de Znora decidió comenzar con mi entrenamiento con la espada, que constituía a su vez la cuarta y quinta fase del adiestramiento. Todo ese invierno y el año siguiente David fue perfeccionando mi técnica y mis golpes. El guerrero me enseñó como defenderme ante los ataques del rival, como aprovechar sus fallos y debilidades. Me mostró la forma de atacar los puntos clave del enemigo, como poder vencerle lo más rápidamente posible. Me dijo que la clave para conseguir la victoria era convertir a la espada en una extensión del brazo, como si de una extremidad más se tratase. Consiguió que aprendiese hábiles movimientos estratégicos de defensa y ataque y me adiestro en el difícil cometido de controlar los nervios durante el combate. Eso fue lo último que me enseño, la quinta y última fase de mi entrenamiento. Después de ello, simplemente puso su mano sobre mi hombro y me dijo:

- Ha llegado el momento. Es hora de que tu aventura continúe.

De eso hace ya cinco meses. Hoy estábamos los dos en su porche, apurando nuestros últimos momentos juntos. Miré al guerrero, que continuaba posado sobre la barandilla oteando el horizonte, esperaba que dijese algo. Sin embargo, no dijo nada, sólo dio media vuelta y entró en la casa. Salió poco después con una hermosa espada entre las manos.

- Quiero que te la quedes. Me gusta llamarla Elizabeth, en honor a mi difunta esposa. En otro tiempo perteneció al rey Marcus, venerable monarca del reino de Meda. Sé que la cuidarás bien- me dijo mientras me entregaba la espada.

Ciertamente parecía la espada de un rey. Pese a su notable tamaño (cercano al metro de longitud) y anchura (unos cuatro dedos) era ligera como una pluma de cisne. Su empuñadora era dorada y estaba decorada con una inscripción escrita en un lenguaje extraño que no alcanzaba a comprender.

- ¿Qué pone aquí?- cuestioné a David señalando la empuñadura.

- “Derrama sangre sólo si buscas la paz”. Está escrito en medaní, uno de los idiomas más importantes del continente de Veldert.

El continente de Veldert era uno de los cuatro que formaban el mundo conocido, o descubierto, como le gustaba apuntillar a Orson. El resto eran Ashmia, Moonworth e Igardi-Nuia. Veldert se dividía en tres grandes reinos: Meda, Orés y Duvar. Moonworth, con una extensión de terreno muy amplia pero muy desapacible, con tierras muy áridas y secas, solo estaba habitado en su costa oeste; tres grandes ciudades concentraban a la totalidad de la población: Calafar, Elvoo y Yistaro. Igardi-Nuia era apenas una isla grande, con pocas zonas habitadas y todas ellas muy aisladas, no existían ciudades ni reinos importantes y la mayor parte de su población era nómada.

Sentí cierta intriga por conocer como había llegado tan valioso objeto hasta David, como era posible que un guerrero de Znora poseyera la espada de un antiguo rey de Meda. Así que ni corto ni perezoso, se lo pregunté.

- ¿Dónde conseguiste la espada del rey Marcus?

- Esa es una larga historia, aunque creo que te vendrá bien escucharla, así que te la contaré -arqueó ostensiblemente la ceja derecha mientras me miraba con detenimiento-. Hace ya más de veinte años, cuando era un simple cadete de la academia militar de Usitania, pues allí cursé mis estudios, me enrolé en una expedición al reino de Meda, era una misión sencilla: a mis compañeros y a mí se nos encomendó proteger a un alto cargo político (del que no se nos habían facilitado apenas datos) hasta el reino, una vez allí, sólo teníamos que escoltarlo hasta palacio sin que sufriera daño alguno. Dinero fácil, decían todos, sin embargo, todo se complico más de lo que nadie hubiese deseado. En la tercera noche de navegación, mientras todos dormían aprovechando unas fuertes ráfagas de viento que se habían levantado desde el sur, un barco nos abordó. Eran piratas venidos desde las Islas Solitarias, un archipiélago compuesto por tres pequeños islotes situados cientos de kilómetros al sur de Igardi-Nuia que servían como refugio a toda esta clase de corsarios. Por pura casualidad, a esa hora de la noche, bien entrada la madrugada y bajo un cielo plagado de centelleantes estrellas, yo era el encargado de hacer la guardia pertinente; pues siempre había alguien de guardia en el barco. Cuando vi a los seis piratas pasando sigilosamente a través de cuerdas desde su barco hasta el nuestro portando en sus manos cimitarras y botellas incendiarias, corrí sigilosamente hacia los camarotes en busca de mis compañeros. Les desperté rápidamente y les alerté sobre la presencia de intrusos a bordo. El capitán, Alan Ham, me ordenó que fuese a por el protegido y le ayudase a mantenerse fuera del alcance de los corsarios. Cuando llegué hasta su camarote, un par de bandidos se burlaban de él y le amenazaban; sin que ellos se percatasen de mi presencia, me deslicé dentro y asesiné con dos rápidos y certeros golpes de espada a los dos piratas. El huésped al que escoltábamos, embutido en un ridículo pijama beis de lino, se lanzó a mis brazos dándome las gracias una y otra vez. Poco después se persono el capitán y nos explicó que todo había acabado, que la amenaza había desaparecido. Pasaron algunos días más hasta que me enteré de que nuestro invitado no era otro que el rey Marcus. Cuando llegamos a Meda, el rey me ofreció como recompensa a mi valor y por haberle salvado la vida la espada que ahora sostienes entre tus manos- David me relató entusiasmado la historia de la espada.

- Es una gran historia. Pero, ¿cómo es que todo un rey no supo defenderse de dos simples piratas? Todo el mundo sabe que no es exactamente su destreza con la espada lo que más les caracteriza- cuestioné el que consideraba el punto más flojo de la narración.

- Sencillamente porque nunca antes había luchado. El rey Marcus será siempre recordado por ser el monarca que mantuvo al reino de Meda en paz durante los doce años que duró su jerarquía. Ni un sólo conflicto aconteció entre las lindes de su reino durante ese periodo. Por eso me obsequió con esta espada en la que grabó la mencionada inscripción, que como podrás deducir tiene un alto contenido simbólico- me contestó satisfecho de conocer la respuesta.

Tras conocer la historia de Elizabeth, todavía me sentí más orgulloso de portarla. La até como pude dentro del escudo y coloqué la mochila sobre él. La carga, aunque no era muy pesada, empezaba a resultar algo incómoda de transportar. Procedí a despedirme de David.

- Creo que es hora de partir.

Mi hasta ahora maestro asintió con la cabeza y se volvió a dejar caer sobre la baranda del porche, entrelazó las manos, se mordió su labio inferior y me espetó.

- Debes aprovechar el día, evita avanzar por la noche, aún te quedan unas horas hasta que encuentres de nuevo la ruta de Cook. Mas si te das prisa no tendrás problemas en alcanzarla antes del crepúsculo. Cuídate mucho mi joven amigo, te echaré de menos.

Cuando terminó la frase, nos dimos un fuerte apretón de manos y reemprendí mi viaje, David me miraba con los ojos vidriosos mientras me iba alejando. Avancé por espacio de varios minutos hacia el noroeste, de vez en cuando iba mirando hacia atrás, donde encontraba la figura de David de pie, inmóvil y mirándome fijamente mientras me marchaba. Me juré que algún día mi nombre formaría parte de la leyenda como lo formaba el suyo. Me ajusté bien la espada del rey Marcus, el escudo púrpura que me había regalado el viejo Lance, y reanudé mi marcha con destino Usitania.

16/08/2009

Capítulo 6

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Aprendiendo a caminar en soledad

Mi primer destino fueron las mesetas almendradas. Este curioso punto geográfico, ubicado en una de las zonas más septentrionales de las montañas de Kiurad, había sido bautizado con tan extraño nombre por la gran cantidad de rocas que reposaban apaciblemente sobre la superficie plana del lugar. Piedras que, según cuentan, parecen almendras vistas desde un punto elevado de la cordillera.

Me costó algo menos de un día alcanzar el lugar. Guiándome siempre por el itinerario que Orson me había marcado seguí caminando al norte de Sepdim hasta las faldas de los montes gemelos, dos picos de casi idéntico tamaño situados en la zona central del complejo montañoso. Una vez allí, apenas me llevó tres horas más descender hasta las mesetas almendradas.

Por primera vez en mucho tiempo volvía a estar en campo abierto, lejos de los muros rocosos de las montañas. Descolgué con suavidad la mochila de mis hombros y la apoyé con cuidado sobre una roca plana que encontré a escasos metros. Hice lo propio con el escudo y busqué otra piedra sobre la que poder sentarme. No localicé ninguna lo suficientemente cómoda o cercana por lo que opté por sentarme sobre la tierra seca que cubría en su totalidad el terreno. Pese a que el invierno se había instalado desde el día anterior, la temperatura era agradable en aquel lugar.

Abrí la mochila y extraje de ella el viejo mapa de Orson y una manzana roja. Pegué un fuerte bocado a la fruta mientras desenrollaba el desgastado trozo de tela seca sobre la que estaba dibujado el mapa. Lo extendí en su totalidad sujetándolo con las dos manos y me dispuse a visualizar la ruta a seguir hacia mi próximo destino, la ribera del río Mulm. Un fresco y dulce regusto acompañó al trozo de manzana mientras descendía por mi garganta. Calculé aproximadamente la distancia que me separaba de la zona y el tiempo que tendría que emplear en alcanzar las orillas del Mulm. Estimé que entre ambos puntos existían unos cien kilómetros de distancia, los cuales me costaría recorrer unas diez horas.

Llevaba ya unas cuarenta horas sin dormir pero todavía me sentía con fuerzas como para aguantar la caminata que me quedaba hasta la ribera del Mulm. Además -pensé- seguro que era mucho más cómodo descansar sobre la mullida hierba que circuncinda con el río que sobre las empedradas mesetas en las que me encontraba. Me entretuve un par de horas más descansando sobre la árida superficie de las mesetas. El cielo, de un hermoso azul cristal, estaba prácticamente despejado; situación que me animó todavía más a continuar caminando más allá del ocaso.

Cuando las piernas dejaron de propinarme molestos pinchazos decidí volver a ponerme en camino. Avancé en dirección norte atravesando en línea recta las mesetas almendradas hasta llegar a una ruta comercial. Orson me había aconsejado seguir estas rutas por ser mucho más seguras que el resto de caminos que me conducirían hasta Usitania. El único problema que podría surgirme a lo largo de estos empedrados senderos era la aparición de algún guardia de Riel, aunque mi tutor también me había comentado que era francamente difícil ver uno lejos del reino. Por lo tanto, no debía preocuparme demasiado por ellos.

En algo menos de una hora me encontraba sobre la ruta de Cook. Esta ruta comercial llevaba el nombre de un famoso comerciante de Terim. Michael Cook, muerto en un naufragio cuando realizaba uno de sus viajes comerciales, se granjeo en vida una gran fama en todo el continente por ser la única persona capaz de hacer negocios con el reino de Riel. En lo que atañía a mi viaje, la ruta de Cook era la opción más interesante ya que al ser una de las más largas de Ashmia, en ella confluían varias rutas más, lo cual me permitiría moverme lo suficiente como para pasar desapercibido para el resto de transeúntes de la vía.

Caminé a ritmo constante por el angosto sendero y cada cierto tiempo iba tomando bifurcaciones hacia otras vías que sabía que acabarían conectando nuevamente con la ruta Cook. Durante algo más de dos horas continué realizando el mismo ritual, lo que propició que apenas me cruzase con otros viandantes, hecho que me tranquilizaba. Al inicio de la cuarta hora de camino la temperatura había bajado varios grados casi de repente, y había comenzado una nevisca que caía lenta pero implacablemente. Los copos, todavía menudos y estrechos, se deslizaban siseando desde el cielo a la par que otros iban depositándose con suavidad sobre los agrestes parajes que me rodeaban. ¡Tengo que darme prisa en encontrar un refugio! –pensé temeroso de que la nevada creciera por momentos-. Olvidé el mapa y todo lo que en él estaba escrito y me apresuré en la búsqueda de un lugar donde poder cobijarme de la nieve. Un par de truenos arreciaron a la tormenta, que agitó las nubes para que dejasen caer copos cada vez más gruesos. En apenas quince minutos una fina capa de nieve cubría por completo el paisaje. Algo nervioso ya, pues veía que la tormenta no sólo no amainaba si no que se acrecentaba, me deje caer por un sendero que descendía una colina, no muy lejana de la ruta de Cook (o al menos eso pensaba), hasta un montículo de piedra de unos dos metros de altura. Tuve cuidado de no perder el equilibrio, pues la pendiente tenia una inclinación notable, y llegué hasta el monolito. Tremenda fue mi alegría al observar que el peñasco albergaba en su interior una pequeña cavidad. No era el mejor lugar del mundo, y apenas podía moverme en su interior sin que ninguna extremidad fuese presa de la tormenta pero sin duda era mejor que la intemperie. Aun sin ser un lugar cómodo, conseguí acurrucarme de tal manera que hasta me sentí reconfortado dentro de aquel cubículo de roca. Consigo escapar de una cárcel de piedra para meterme en otra- reflexioné disgustado. Afuera, la nieve caía cada vez con mayor intensidad e iba tiñendo de blanco todos los rincones; algo que me hizo meditar y tomar la decisión de pasar allí la noche y continuar el viaje por la mañana. Utilicé el escudo a modo de manta y me dejé vencer por el sueño, algo que no fue complicado al llevar casi dos días sin dormir.

Fue una sensación de humedad lo que me despertó la mañana siguiente. La nieve había penetrado en el interior del agujero y se había derretido en mis pies, empapando por completo las botas. Tenía un pequeño dolor en el cuello, provocado seguramente por la rigidez del lugar, pero en general me encontraba bien. Coloqué como pude (el cubículo no permitía grandes movimientos) el escudo en la espalda y salí al exterior. Debía llevar varias horas durmiendo pues el sol, aun tapado por varias nubes, se dejaba ver muy lejos ya de las lindes del este. La decoración del paisaje había sufrido una total transformación de un día para otro; un tapiz blanco revestía por completo todas las tierras que mis ojos alcanzaban a contemplar. Por supuesto también el sendero Cook había sido presa de la nieve, lo cual suponía un fuerte contratiempo para mis intereses. Intenté recordar todos mis pasos, con el fin de retornar hasta la ruta comercial más pronto que tarde, sin embargo, no logré encontrar un guión claro entre mis pensamientos; había corrido en varias direcciones y sin un sentido definido preso de la angustia y ahora no conseguía recordar como había acabado en aquel lugar. Aun sin saber muy bien que hacer trepé colina arriba (el único paso que tenía claro) para ver si hallaba alguna pista de hacia dónde debía avanzar; lo único que vi al alcanzar la cima del promontorio fue más y más nieve. Caminé durante horas escarbando cada vez que pisaba terreno duro, pero ningún camino encontré tras el manto blanco. Arriba, en el cielo, las nubes rugían y titilaban amenazantes; no pasaría mucho más tiempo antes de que volviese a desatarse una nueva tormenta -pensé totalmente apesadumbrado-. Tres horas más fueron necesarias para darme cuenta de que estaba totalmente perdido, para entonces, ya caían los primeros copos de nieve dibujando espirales desde el cielo. Debía darme prisa o si no la tormenta se me acabaría echando encima y el frío y la desesperación acabarían por devorarme. Así que en un arrebato más de locura que de otra cosa y sin saber muy bien a dónde ir, comencé a caminar. Anduve durante horas entre los copos de nieve y el frío, que iba penetrando de forma inexorable en mis níveos huesos. Finalmente, tras deambular sin rumbo claro durante horas, alcancé a vislumbrar un foco de luz centelleando a lo lejos. Avancé rápidamente hacia el haz luminoso, cuando llegué hasta él me encontré una cabaña completamente construida en madera de la que prácticamente se había apoderado la nieve. De la veranda del edificio se descolgaba un viejo candil que emitía una luz tenue pero lo suficientemente fuerte como para ser vista a varios metros de distancia. Reflexioné durante unos instantes sobre si debía llamar o no a la puerta pues quién sabe que podría encontrar en tan inhóspito lugar. Sin embargo, decidí llamar; pues hacía mucho tiempo que la desesperación me había abordado.

Así que sin nada que perder toqué la puerta. Tras unos instantes de silencio comencé a escuchar sonidos provenientes del interior del edificio que fueron haciéndose cada vez más fuertes hasta un punto en el que volvió a reinar únicamente el silencio. Instantes después se abrió con un fuerte crujido la puerta y me encontré cara a cara con la figura de un hombre de mediana edad. Tenía el pelo canoso y descuidado aunque, sin embargo, iba pulcramente afeitado; su cuerpo estaba ligeramente encorvado y vestía ropas de aspecto bélico: una camisa de anillas metálicas, unos pantalones de cuero negro y unas botas de piel de oso. Tenía los ojos marrones y varias pequeñas cicatrices repartidas entre cara y brazos. Tras esos primeros instantes de estudio sentí un fuerte cosquilleo por todo mi cuerpo que se fue acumulando rápidamente en las piernas, las cuales empezaron a flojear y caí de rodillas frente a la figura impasible del extraño sujeto, que se limitaba a observar la escena. Segundos después, perdí el conocimiento.

Desperté sobre una mullida cama, con un fuerte dolor de cabeza y de las extremidades. Intenté moverme, pero todo fue en vano, pues al intentar levantar ligeramente la pierna izquierda, noté un pinchazo similar al producido por una picadura de avispa. Dejé por tanto mi lucha interna para mejor momento y alcé la vista. Me encontraba sin duda alguna dentro de la casa, un habitáculo único construido en su mayor parte en madera. Había una chimenea encendida en el centro, una mesa con sillas a su derecha y una cama (sobre la que me hallaba) en la pared que quedaba justo enfrente de la puerta de entrada. Toda la casa estaba ornamentada con motivos bélicos tales como espadas, escudos y armaduras. Todas mis pertenencias descansaban sobre la mesa de madera, incluido el escudo púrpura, el cual estaba ligeramente separado de la mochila.

Entre las cosas repartidas por la casa había una rodela de círculo casi perfecto que me llamó especialmente la atención. Estaba situada junto a la mesa de madera y en su diseño podía apreciarse el emblema de la región de Znora, un león negro con yelmo rodeado de montañas y tres estrellas plateadas dispuestas de menor a mayor tamaño. El león simbolizaba el espíritu indomable de nuestro pueblo, el yelmo y las montañas hacían referencia a nuestra condición guerrera y las estrellas representaban la constelación Zor, Dios valbico patrón de nuestra tierra. Pero ¿qué hacía una rodela del ejército de Znora en casa de aquel misterioso hombre? Varias preguntas empezaban a embarullar mi mente cuando se escuchó el chirrido de la puerta. El hombre que me había salvado regresó a la casa con un par de corderos muertos. Al darse cuenta de que estaba despierto me miró fijamente y sonrió. Después caminó despacio hasta la mesa de madera y sitúo con sumo cuidado los dos corderos sobre la misma. Finalmente, se volvió completamente y comenzó a acercarse a mí. Cuando llegó hasta la cama empezó a hacerme preguntas.

- ¿Qué tal estás? llevas varias horas con una fuerte fiebre, me tenías preocupado.

- Bueno, estoy mejor, gracias. Ha sido muy amable por acogerme en su casa- le respondí.

El aún desconocido esbozó una ligera sonrisa, carraspeó ligeramente y dibujó en su cara un semblante mucho más serio. Reflexionó por un momento y volvió a plantearme otra cuestión.

- Bien muchacho, comprenderás que deba hacerte esta pregunta ¿qué hacías sólo en un lugar tan alejado y peligroso como este? y ¿dónde has conseguido eso?- preguntó intrigado mientras señalaba al escudo púrpura.

Su tono desprendía una mezcla entre preocupación y sana curiosidad. Por mi parte no tenía mucho que perder por lo que le conté toda la verdad. Le hablé de mi pueblo, de la guerra, de quién era, de cómo Lance me había entregado el escudo, le hable también de mi futuro encuentro con Doll y de cómo me había perdido entre la nieve y había llegado hasta su hogar. El desconocido escuchó atentamente mi historia, levantándose en según que momentos y sentándose de nuevo en otros. Se tocaba la canosa y descuidada cabellera, miraba al suelo, giraba sobre sí mismo intranquilo, carraspeaba. Noté como había algo en mi relato que le hacía sentirse identificado, como si no fuese la primera vez que escuchaba algo parecido. Cuando terminé mi intervención me quedé fijamente mirando la nerviosa figura que en silencio meditaba sobre lo que acababa de escuchar. Un par de minutos después se acercó hasta la cama, sentándose junto a mí.

- William, has de saber algo- me dijo.

Y entonces comenzó a contarme su historia, la cual me dejó boquiabierto. Era David Drury, el legendario soldado de Znora que guió a los supervivientes de “la guerra de los mil cadáveres” hasta los valles de Kiurad (y al que ya habíamos hecho referencia anteriormente). El héroe que hizo frente, él solo, a muchos secuaces de Morgan; el héroe que supuestamente sacrificó su vida para que los demás pudiésemos sobrevivir, yo entre ellos.

- ¿Cómo es posible que aún sigas vivo? Todo el mundo cree que estás muerto- me atreví a preguntar.

Resopló, miró al cielo y procedió a darme una explicación. Me contó como se quedó sólo en la cuenca del río Thil, el cual cruza gran parte de las montañas de Kiurad, haciendo frente a tres soldados de Riel para que los demás pudiésemos escapar. Consiguió matar a aquellos tres, pero tras una celada de sus enemigos, fue apresado. Siguió relatándome como fue encarcelado y torturado durante dos largos años y como consiguió escapar hasta Usitania. Durante su cautiverio se había dado cuenta de que en la noche de los martes solo había un centinela custodiando los calabozos de palacio; e intento aprovecharse de ello. Ideó un plan para cuando le sacasen fuera de la mazmorra para trasladarle a otra (lo cual era algo habitual, pues a Morgan le gustaba mostrarles la libertad por unos instantes para después volver a arrebatársela bajo la penumbra de una sucia celda) que consistía en abordar al guardia en cuestión con las cadenas de sus propias manos, reducirlo y utilizar su uniforme para hacerse pasar por un guardia real y poder así escapar del palacio sin levantar sospechas. Para su desgracia, aquella noche había dos guardas, y aunque pudo reducirlos y amordazarlos consiguieron dar la alarma y tuvo que huir de allí, casi desnudo y con varias heridas importantes; aunque no huyó solo, pues consiguió liberar a cuatro prisioneros más (esta es una historia que les contaré más adelante, por lo que no les abrumaré por el momento). Tras la huida, Morgan inició una campaña de búsqueda y captura contra él, lo que le hizo decidirse por marcharse a las montañas, donde fuera francamente difícil localizarle. Terminó la historia contándome como había conseguido sobrevivir con lo que cazaba y con el agua de los manantiales cercanos. Además me aseguró que hasta mi visita nadie más había logrado llegar hasta allí.

- Nunca nadie en Znora se hizo eco de lo que me acabas de relatar. Orson me contó una vez, cuando apenas contaba con trece años de edad, como te quedaste en la cuenca del río Thil luchando contra los esbirros de Morgan para que los demás pudiésemos escapar, pero te dimos por muerto. ¿Qué pasó con los cuatro presos que liberaste?- pregunté con curiosidad.

- Eso es una larga historia, pero básicamente se podría decir que huyeron hasta Usitania y tuvieron la suerte de no ser perseguidos. Una vez allí se establecieron en la ciudad e intentaron acabar con Morgan a su manera. Nada más he sabido desde entonces de ellos pues vine a vivir a esta cabaña, ya que en Usitania me hubiesen encontrado rápidamente- contestó ligeramente contrariado.

- Por cierto –continuó hablando mientras cambiaba hábilmente de tema- ¿qué es del viejo Orson? ¡ni se cuantos años hace ya que no le veo!

- Está bien, adaptándose en la medida de lo posible a su nueva vida en las montañas, aunque en ellas no tenga bibliotecas, su lugar más preciado- le respondí mientras agachaba la mirada.

Pasaron unos segundos en los que el silencio se hizo amo y señor de la escena. De repente David puso su mano sobre mi hombro, gesto tras el cual levanté la cabeza y me quedé mirando a los cansados ojos del guerrero. Su expresión se volvió más seria.

- ¿Cómo pretendes derrotar a Morgan?- volvió a preguntarme para romper el silencio.

- Eh, uh…pues la verdad es que no lo sé. Por el momento tenía pensado inscribirme en alguna academia de Usitania que imparta clases de espada, pero desgraciadamente me he perdido- contesté.

David se levantó de un salto, como si hubiese rejuvenecido diez años de golpe. Dio tres zancadas y recogió una hermosa espada de hoja tan resplandeciente como el agua de los manantiales que recorrían las montañas de Kiurad. Después fue a por el escudo del ejército de Znora y se plantó en mitad de la sala. Empuñó la espada y la elevo hacia el cielo, tras lo cual gritó:

- Yo te enseñaré, te haré el mejor espadachín de Ashmia. Con mi experiencia y sabiduría conseguirás todo lo necesario para acabar con Morgan. ¡Vaya si lo conseguirás!

Tras su arrebato inicial, que he de confesar me dejo algo perplejo, paso a contarme sus planes de entrenamiento, en como aprovechar los elementos que la naturaleza nos brinda para fortalecer el cuerpo y la mente. Me pidió paciencia pues el entrenamiento requeriría de tiempo, me dijo que no me desanimase a las primeras de cambio y que confiara en él, que llegaría el día en el que me convertiría en un gran guerrero. La buena nueva me hizo olvidarme de los dolores y me incorporé sobre la cama. Ya tenía maestro y ¡vaya maestro! El héroe del pueblo de Znora me iba a enseñar todo lo que sabía. Si Orson y los demás supieran tan sólo que estaba con David Drury, al que todos dábamos por muerto, seguro que la esperanza de acabar con “El Sanguinario” volvería a sus vidas. Me sentí un poco más cerca de mi cometido. Cerré los ojos y pude degustar el fino aroma del fuego entremezclado con el olor a sangre de los corderos muertos. La suerte estaba, por fin, de mi lado.

14/08/2009

Capítulo 5

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La inevitable decisión

El otoño avanzó con celeridad despoblando con inalterable fervor los árboles caducos del valle. Para la primera quincena del mes de diciembre cientos de rojizas hojas se entrelazaban sobre la amarillenta y desgastada yerba que poco tiempo atrás mostraba un vistoso color verde. Fue un otoño difícil, mi carácter normalmente afable se volvió agrio, irritable. Dejé de relacionarme con el resto de la gente y únicamente salía de casa para escuchar a Lance.

El principal problema radicaba en que no sabía como decirle a todo mi pueblo y en especial a Orson que tenía que marcharme de Sepdim en busca de libertad. Porque era la libertad lo que realmente añoraba. Me obsesionaba la forma en la que debía expresarme para que el resto de mi gente estuviese de acuerdo con mi cometido.

Me llevó semanas elaborar un discurso elocuente. Cada noche, al acostarme, recitaba en voz alta y le daba vueltas y vueltas pues me atormentaba la idea de que nadie me tomase en serio. Quería estar seguro de que mi partida llenase de algarabía y esperanza el corazón de los refugiados del valle. Por ello debía tener sumo cuidado con las palabras elegidas, pues cualquier error podría suponer un motivo más de desaliento para mi pueblo. Decidí que la mejor opción que tenía era la de congregar a todos los habitantes del valle en un mismo lugar para después recitarles en voz alta lo siguiente.

- Querido pueblo, quiero deciros algo. Tal vez suene extraño lo que os voy a contar, pero confiad en mi, pues es bien cierto. ¿Conocéis la leyenda de Ismael “corazón de fuego”? Pues en cierto modo yo he sentido lo mismo que él, podría decirse que tuve una revelación. Fueron varias las veces en las que experimenté como el destino, el viento o llámenle como prefieran, intento hacerme entender algo. Al principio me sentí confuso y desorientado pero finalmente lo comprendí. Nuestro pueblo debe volver a ser libre, tenemos que volver a nuestra histórica región, pues no lo olvidéis nunca, ¡somos ciudadanos de Znora! Pero para que lo que hoy es una utopia se convierta en algo tangible necesitamos vencer a Morgan y su reino. Por eso les he convocado hoy a todos aquí, para comunicarles que voy a enfrentarme al “sanguinario” y a toda su pléyade de asesinos. Pueden llamarme loco si así lo desean pero he visto mi destino y no existe nada en este mundo que pueda hacerme cambiar de opinión. Lo haré por vosotros, por Znora y por la libertad.

Hubo muchas noches en las que soñé con el día en que impartía dicho discurso a mis conciudadanos, y fueron muchos también los desenlaces de tales visiones. Había ocasiones en las que el pueblo me despedía entre un clamor de gritos de ánimo y aplausos, en otras simplemente volvían cabizbajos a sus casas. Finalmente tome una decisión, pues la incertidumbre iba lenta pero implacablemente minándome la moral. El ocho de enero fue el día que elegí para iniciar mi viaje, el día en el que me enfrentaría a todos mis temores y le confesaría a todo el campamento mi decisión. Aunque antes de que todo esto sucediese tenía que hablar con Orson, contárselo todo y esperar que lo entendiese.

Resoplé nervioso y abrí la puerta de mi habitación, el angosto pasillo de nuestra casa se dibujo repentinamente tras la puerta. Escuchaba a mi anciano tutor revolotear en su habitación. Tienes que ser valiente William- me repetía mentalmente a mi mismo. Di dos pasos adelante y el suelo crujió exasperado, como si le molestase mi parsimonia. Volví a dar otros dos pasos y respiré profundamente, sentía una incómoda rigidez en las piernas y en la espalda. Cuando estaba apenas a un par de metros de la habitación de Orson, vi aparecer la figura del anciano tras la puerta.

- Hola William, ¿qué tal has dormido?

- Orson tengo que contarte algo, es muy importante.

Los oscuros ojos del mediador se posaron en mí, mostrando en ellos una cierta dosis de preocupación. Su cautivadora mirada hizo que me pusiera todavía más nervioso y las manos empezaron a temblarme descontroladas. El anciano tomó entonces la iniciativa.

- ¿Crees qué no se lo que vas a decirme? aunque quieras, no puedes ocultarme nada- me guiñó el ojo derecho justo después de terminar la frase.

- No estoy seguro de que esta vez lo sepas…- respondí sorprendido por su afirmación.

- Claro que lo se. ¿Piensas qué no te he oído recitar una noche tras otra un discurso?

Su respuesta me tranquilizó. Que Orson ya supiera lo que iba a decirle me ahorraba gran parte del trabajo. Las manos dejaron de bailotearme y recuperé casi por completo el control sobre mi cuerpo.

- ¿No tienes nada que decirme al respecto?- le pregunté sorprendido por su tranquilidad.

- No estoy seguro, pues parece que lo tienes del todo claro y no creo que haya nada que pueda decirte para hacerte cambiar de parecer.

- No, no lo hay, pero me gustaría escuchar de todas formas tus palabras.

- Está bien. Verás William, no quiero desanimarte, de veras que no lo quiero, pero debes saber que esta cruzada que te has planteado llevar a cabo, ya la han intentado otros hombres antes que tú. Valientes guerreros, honorables caballeros e incluso honrados campesinos han intentado revueltas como la que te has propuesto. Algunos tuvieron éxito, al menos por algún tiempo, el caso de Ismael podría valer como ejemplo; sin embargo, al final todos fracasaron, pues Morgan y Riel siguen existiendo. Así que lo que debes preguntarte a ti mismo a partir de ahora es si de verdad estás dispuesto a sacrificarlo todo, incluso tu propia vida, por algo que no consiguieron ni los más poderosos guerreros. No importa lo que creas, ni lo que consideres correcto, pues una vez estés fuera de los muros de Kiurad estarás sólo y nadie podrá ayudarte. Mira dentro de tu corazón, pues sólo tú tienes la respuesta.

- Puede que tengas razón Orson. Sin embargo, tengo que hacerlo, es mi destino.

- El destino no te salvará la vida cuando estés en problemas- replicó el anciano rechazando mi argumento.

- Puede que no. Pero si no inicio este viaje el fuego que llevo dentro me acabará consumiendo.

- Como te había dicho al principio, no hay nada que pueda hacer para detenerte- me contestó Orson con un sonoro quejido.

- Me temo que no. Aunque espero que quieras ayudarme a prepararlo todo.

- Te ayudaré, pues eres como un hijo para mí.

- Gracias Orson, tu también eres como un padre para mí, no se que hubiese hecho sin ti todos estos años.

Los dos nos fundimos en un afectivo abrazo. Noté como algunas lágrimas descendían pos las mejillas del anciano, aunque el intentara ocultarlas limpiándose disimuladamente en mi camisa. Era alentador saber que contaba con el apoyo de Orson, pues era un hombre sabio y viajado. Gracias a su antigua ocupación (era mercader antes de que estallase la guerra) no existía lugar en Ashmia en el que no hubiese estado.

Las dos semanas previas a mi partida las pasé recopilando información sobre la historia del continente y sus diferentes lugares. Quería conocerlo todo, los diferentes reyes y líderes políticos (anteriores a Morgan), los monumentos y personajes históricos mas representativos, el folklore tradicional etc. Fui también a escuchar a Lance varias veces, y me dediqué en largas noche de vigilia al estudio de los enormes tomos de historia que Orson guardaba en su biblioteca personal. Se los cambié a un usurero de Terim por unas botas de cuero- me dijo cuando le pregunté de donde había sacado tamaños libros. Infinidad de horas y miles de palabras después decidí que la única forma en la que podía tener una mínima oportunidad de éxito en mi particular odisea era llegando hasta Usitania. No iba a ser fácil y me llevaría un buen tiempo alcanzar los muros de la ciudad pero era la única alternativa factible que podía contemplarse.

Los días fueron pasando a ritmo frenético y sólo aguardaban tres noches más hasta la llegada del día señalado. La brisa gélida que se desprendía de las montañas avisaba de futuras nieves y me recordaba que debía apresurarme si quería dejarlo todo bien atado antes de que el temporal arribara en el valle. Orson se mantuvo a mi lado en todo momento, contándome todo aquello que conocía sobre los emplazamientos que iba estudiando, hablándome sobre rutas comerciales por las que podía desplazarme, aconsejándome lugares a los que acudir en caso de que necesitase trabajo o alojamiento, ayudándome a trazar un itinerario lo más seguro posible hasta Usitania y por encima de todo, dándome la fuerza que necesitaba para seguir adelante.

La última noche en Sepdim fue la más complicada. Apenas pude pegar ojo debido a los nervios que danzaban a su antojo en mi estómago. Revisé en varias ocasiones la ruta hasta la ciudad inconquistable que mi tutor me había dibujado sobre un desgastado mapa de cuero que encontró entre las hojas de uno de los tomos de la enciclopedia. Una gran cantidad de desconocidos lugares con sus respectivas denominaciones se amontonaban en el pequeño plano de Ashmia. Las Mesetas Almendradas, las Llanuras Durmientes de Eleanor, Osfal o la ribera del Mulm eran algunos de los puntos reseñados sobre él. Acaricié la rugosa superficie del mapa abstraído en mi propia imaginación, confusos recuerdos se hacinaban unos contra otros, imágenes de nuestra huída hasta Kiurad; verdes prados empedrados, el olor a abetos, el frío viento recorriendo mi cuerpo. Un tibio haz de luz quebrantó ipso facto mi embelesamiento, el alba anunciaba con extraordinaria elegancia su venida. Había pasado la noche en vela aunque era algo que no me preocupaba excesivamente pues era algo común en los últimos tiempos. Además había llegado el día y tenía cosas más importantes en las que pensar.

Orson me había prometido ayudarme a reunir a todo el campamento para que pudiera comunicarles mis intenciones a todos la vez. Quedamos en que los reuniría en torno a la forja de Jeff a las siete en punto de la mañana. Entreabrí somnoliento la ventana para comprobar la meteorología. El día se presentaba despejado y caluroso en Sepdim, los pájaros regalaban su hermoso canto a la naturaleza mientras la luz del sol formaba estrelladas formas en los picos de las montañas. Me vestí con mi camisa gris de franela, mis pantalones negros de algodón, mis botas de cuero, ajusté mi chaleco marrón de seda de Meda y salí a buscar a Orson. Me lo encontré entrando en la casa al mismo tiempo que abandonaba mi habitación.

- Hola William, ¿estás preparado?- me preguntó nada más verme.

- Lo estoy Orson, ha llegado el momento.

- Tranquilo, lo harás bien.

Asentí con la cabeza. Estaba nervioso pero a la vez confiado, en cierto modo llevaba tanto tiempo esperando el momento que las ganas de afrontarlo habían ido ganando terreno al nerviosismo. Miré a mi anciano tutor que me dedicó una media sonrisa antes de advertirme.

- Vamos, todos te están esperando en el taller de Jeff.

Vamos allá- me animé introspectivamente mientras salíamos de la casa. Instantes después de alcanzar la calle visualicé a una muchedumbre que se amontonaba en torno a la cueva de Jeff. El ruido de la puerta al cerrarse les alertó de mi presencia y todos sus ojos se clavaron súbitamente sobre mí. Un suave murmullo comenzó a brotar de entre el grupo. Sentí como la cálida mano de mi tutor se posaba sobre mi cuello mientras su boca se acercaba hasta mi oído derecho para susúrrame.

- Valor William, hoy vas a llenar de esperanza a mucha gente.

Fijé la mirada en los vigilantes ojos que me esperaban e inicié con paso firme el camino hasta el improvisado podio que el herrero me había fabricado con un par de cajas de madera. El entorno rezumaba expectación a cada metro que me acercaba; cuando finalmente llegué hasta el gentío, les esquivé como buenamente pude y accedí al pedestal. Desde mi nueva posición, comencé a enumerar cuantos eran los allí presentes. Veinticinco, eran veinticinco los allí reunidos, es decir, todos los habitantes del valle menos uno. Una involuntaria sonrisa se esbozó en mis labios mientras respiraba satisfecho por la afluencia de público, no me preocupé por la única ausencia y no tuve tiempo de cerciorarme de quien se trataba. Convencido de mis posibilidades comencé con mi intervención.

“Querido pueblo, quiero deciros algo. Tal vez suene extraño lo que os voy a contar, pero confiad en mi, pues es bien cierto. ¿Conocéis la leyenda de Ismael “corazón de fuego”? Pues en cierto modo yo he sentido lo mismo que él, podría decirse que tuve una revelación. Fueron varias las veces en las que experimenté como el destino, el viento o llámenle como prefieran, intento hacerme entender algo. Al principio me sentí confuso y desorientado pero finalmente lo comprendí. Nuestro pueblo debe volver a ser libre, tenemos que volver a nuestra histórica región, pues no lo olvidéis nunca, ¡somos ciudadanos de Znora! Pero para que lo que hoy es una utopia se convierta en algo tangible necesitamos vencer a Morgan y su reino. Por eso les he convocado hoy a todos aquí, para comunicarles que voy a enfrentarme al “sanguinario” y a toda su pléyade de asesinos. Pueden llamarme loco si así lo desean pero he visto mi destino y no existe nada en este mundo que pueda hacerme cambiar de opinión. Lo haré por vosotros, por Znora y por la libertad”.

Experimenté un gran sosiego al terminar de hablar. Cerré los ojos por un instante y suspiré profundamente. Cuando volví a abrir los ojos me encontré a los antiguos ciudadanos de Znora enmudecidos y mirándose los unos a otros. De súbito, Phil (uno de los encargados de conseguir agua potable) dio dos pasos al frente y se colocó a mis pies, su rostro pálido y torvo mostraba claros signos de incredulidad.

- ¿Lo dices en serio?- su tono sonó casi burlón.

- Por supuesto, creo que ha llegado el momento de que alguien haga algo por nosotros- respondí seguro de mi mismo.

- Tienes constancia William de todo lo que hemos sufrido para llegar hasta aquí, lejos de las garras del “Sanguinario”. Oyéndote, parece que no sea así- me contradijo Phil.

Me sentí algo atribulado. Si bien había previsto la posibilidad de que la reacción a mi propuesta fuese negativa, lo cierto es que siempre había confiado en contar con el apoyo de todos. Aún así, me avivé para contestar a Phil.

- Se que todos hemos sufrido mucho, yo mismo perdí a mis padres en la guerra. Sin embargo, creo que la solución a nuestros problemas no radica en escondernos sino en luchar.

- Estás loco si crees que luchar tiene algún tipo de lógica- me contestó con cierto desprecio.

- Puede que lo esté -Orson alzó la voz entre el mar de almas-; ¿pero quién no lo ha estado alguna vez? Parece que hayas olvidado, tú precisamente (refiriéndose a Phil), los tiempos errantes en los que vagamos de un lado a otro escapando de las hordas de Morgan. ¿Quieres eso para tus hijos Phil? Estimado te tengo por hombre inteligente y por ello sospecho que sabrás que llegará el día en que el rey de Riel nos encuentre, con todo lo que ello conllevará. Por lo que si no quieres ver morir a tus hijos como muchos de nosotros ya lo hicimos, debes apoyar la cruzada de William, por muy loca que esta te parezca- el razonamiento del viejo comerciante apaciguó el ánimo de Phil.

- Tal vez tengas razón, pero no por ello cesaré de pensar que tal aventura no es más que un suicidio camuflado en épico cuento- rezongó el aguador antes de retroceder hasta su posición inicial.

- ¿Alguien tiene algo más que añadir?- vociferó Orson con el fin de hacerse escuchar.

En ese mismo instante, Elda se acercó hasta mí y me arengó a bajar a tierra, a lo que accedí y descendí del pedestal sobre el que me hallaba. Una vez estuvimos a la misma altura, la curandera me profesó un abrazo mientras dejaba caer en el bolsillo derecho de mi chaqueta un pequeño bote de cristal de apenas un par de centilitros. – Acaba de salir de la marmita, es un tónico revitalizante, te será útil- me bisbiseo al oído justo antes de separarse de mí. Tras ella, el resto de los habitantes del campamento, incluido el escéptico Phil, comenzaron a despedirse de mí. Las lágrimas brotaron una a una de mis ojos a medida que todos y cada uno de los refugiados me abrazaban y me susurraban palabras de ánimo.

Justo antes de marchar, y cuando todos excepto Orson habían regresado ya a sus moradas apareció Lance sosteniendo sobre sus manos un objeto tapado por un manto gris de seda. Orson se le quedó mirando extrañado.

- Hola Lance, ¿qué quieres?- preguntó mi tutor.

- Buenos días Orson, siento no haber podido asistir al discurso de William.

Era él, el único que faltaba- pensé desilusionado.

- Aunque si te soy sincero, no me hacia falta acudir, pues conocía perfectamente sus intenciones, incluso aunque nunca me las hayas comunicado personalmente. Por eso he venido antes de que parta, para entregarle algo que creo le será de gran utilidad.

- ¿Y qué es?- pregunté lleno de curiosidad.

Lance sonrió con cierta dosis de maquiavelismo y retiró con sumo cuidado el manto. Un hermoso escudo de color púrpura resplandeció como liberado de su cárcel de oscuridad.

- ¡Helo aquí! Es tuyo William, cógelo- respondió Lance todavía con el escudo en sus manos.

Miré asombrado tan bello y a la vez estrafalario presente. No conocía ejército alguno en el mundo que usase escudos de ese color. Además la joya no presentaba emblema o símbolo alguno que pudiera identificarlo con cualquiera de los reinos o ciudades conocidas. Observé que Orson miraba con cierto recelo el obsequio del Cuentacuentos.

- ¿De dónde has sacado ese escudo?- le espetó Orson a Lance.

- Al igual que tú, mi viejo amigo, yo también he viajado mucho. No creo que tenga que añadir mucho más para ver satisfecha tu curiosidad- respondió con cierto misticismo el otrora trovador.

Orson se quedó unos instantes mirando fijamente a los azules ojos de Lance, que se abrieron como platos al sentir la atención de mi tutor. La desconfianza inicial se tornó en complicidad en el preciso momento en que Lance extrajo del zurrón que portaba sobre su hombro izquierdo un pequeño saco de tela también púrpura. En un inesperado movimiento lo lanzó hacia Orson que lo captó al vuelo y lo zarandeó con delicadeza. Un sordo tintineo metálico se escapó de entre la púrpura tela del recipiente.

- William has de guardar con sumo cuidado este escudo y esta pequeña bolsa. Cuando llegues a Usitania te serán de gran valor- me comentó Orson mientras apoyaba su desgastada mano derecha sobre mi pelo.

- ¿Por qué son tan valiosos?- pregunté esperando obtener algo de luz entre tanto misterio.

- Es difícil de explicar y quizás sea mejor que por el momento no sepas nada. Simplemente debes confiar en nosotros. Una vez llegues a Usitania ve a la posada que lleva por nombre “Bruma Añil” y pregunta por Herzen- Lance tomó la palabra.

- ¿Y quién se supone qué es el tal Herzen?- cuestioné contrariado.

- Es el posadero. ¿Recuerdas que te di una serie de nombres y lugares a los que acudir en caso de necesitar ayuda? –asentí con la cabeza- pues apuntalo como el primero de la lista. Búscale sin demora cuando cruces los muros de Usitania pues ten seguro que te ayudará y contestara gustoso a todas estas dudas que ahora nos planteas. Debes recordar, pues si no de nada servirán todas estas palabras, que cuando estés frente a él lo primero que debes hacer es decirle que vienes de nuestra parte y entregarle esta bolsa. En su interior contiene diez monedas de oro. El lo entenderá todo, no te preocupes- me contestó Orson con paciencia.

No entendía nada pero no me atreví a cuestionar a ninguno de los dos ancianos. Recogí la bolsa y el escudo, el cual me coloqué lo mejor que pude atado a la mochila, y me despedí de Orson y del Cuentacuentos con un cálido abrazo. Ambos me prometieron rezar por mí todos los días.

Comencé a caminar valle abajo a buen ritmo. Unos pocos minutos después el horizonte había engullido por completo las siluetas de los dos vetustos hombres y cualquier signo que pudiese identificarse con el campamento. Estaba sólo, cara a cara con mi destino. Suspiré profundamente y aceleré el paso en dirección noroeste. En un par de días debía de llegar hasta las llanuras durmientes de Eleanor, adyacentes todas ellas a Usitania.

13/08/2009

Capítulo 4

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 1:30

La revelación

Sangre. Miro mis manos, están manchadas de sangre. Alzo la vista, veo los pardos ojos de mi madre vacíos, sin vida. La ansiedad y el desasosiego me abrazan. Intento levantarme pero no puedo, resbalo, me estampo contra el suelo. Levanto la cabeza, dolorida por el golpe y veo a mi padre, a escasos centímetros de mi madre. Está muerto. Mis padres están muertos y yo apenas puedo moverme. El corazón se me acelera, la rabia se me acumula en las venas, el odio me hace chirriar los dientes. El olor a putrefacción que acompaña al ejército de Morgan todavía pulula por el ambiente. Ha sido él, el ha asesinado a mis progenitores. Tengo que ir en su busca, quizás la venganza calme mi dolor. Oigo el viento, está en la sala, observando, escuchando, esperando. Comienza a rodearme, lo siento recorrer mi piel, juguetea con mi pelo, ríe en mi oído, me susurra. Huele a canela, igual que el riquísimo pastel que hacía mamá. Cada vez estoy más embriagado, la habitación comienza a difuminarse. El olor a putrefacto ha desaparecido, ya no veo los ojos vacíos de mis padres, todo comienza a estar oscuro mientras el viento continúa jugueteando a mí alrededor. Siento miedo, cada vez está más oscuro. Intento escapar y de repente, me despierto.
Me incorporo bruscamente de la cama. El sudor abarrota mi frente y empapa mi pelo. El corazón me late deprisa, acelerado, confuso. El aliento se me escapa de la boca como si huyese del mismísimo infierno. Miro alrededor, reconociendo entre tinieblas mi habitación. Todo ha sido un sueño. ¡Aunque todo en él era tan real! Mis padres, muertos delante de mí, empapados en su propia sangre. El olor a putrefacto que desprendía la habitación. Me lo hubiese tomado como una pesadilla más sino hubiese sido por el viento, el cual me había devuelto al mundo tangible.

Un pinchazo ralentizó en ese momento mi corazón, helándolo. El cuello se me tensionó hasta quedarse rígido. Un insostenible agobio se coló en cada recoveco de mi alma. Le había costado pero por fin se había hecho entender. El destino llamó a mi puerta varías veces hasta que me atreví a escucharle. No quería que volviese a Znora, ni que la reconstruyese, quería venganza, mi venganza, la de mi pueblo. Las piezas del puzzle encajaron delicadamente en mi mente. Las imágenes, las sensaciones, los extraños acontecimientos que había vivido los últimos días se volvieron del todo comprensibles.

Un suspiro se formó en mis pulmones y escapó fatigado al exterior. La luz de la luna creaba mágicas figuras en el valle. Una luz que contrastaba con la penumbra de la habitación y de mi ser. Me invadía el pánico, la incertidumbre, la desolación. Dos preguntas atenazaban mi voluntad. ¿Sería capaz de afrontar una misión de tan tamaña magnitud? Y sobre todo, ¿por qué el destino me había elegido a mí?

- ¿Por qué yo?- pregunté con apenas un suave hilo de voz mientras unas lágrimas de desesperación discurrían pos mis mejillas.

No hubo respuesta esta vez. El destino me había abierto la puerta pero no me había dicho que me aguardaba dentro. A partir de ese instante nada estaba escrito. Podía tener un final victorioso o trágico. Podía morir o devolver la libertad a mi pueblo. Ser un héroe o un mártir. Luchar o vivir siendo un cobarde. Un abanico de posibilidades se abría despreocupado en mi pensamiento. La idea de morir me estremeció. Tenía miedo a la muerte, no confiaba en la buena voluntad de los dioses ni en la vida eterna, por lo que ansiaba disfrutar de muchos años de existencia terrenal.

Volví a echarme sobre el mullido colchón mientras la idea de morir asfixiaba de forma impasible a mi esperanza. No quería morir pero tampoco quería ignorar a mi propio destino. Por primera vez en mi vida noté una indescriptible fe dentro de mi, la leyenda de Ismael “corazón de fuego” se tornaba en algo real a cada segundo que transcurría, y este hecho alimentaba a mi esperanza. Sin embargo, yo no era ningún valeroso guerrero, ni tenía la destreza necesaria como para afrontar un combate ya fuese cuerpo a cuerpo o con cualquier arma de filo.

En otro momento de mi vida esta reflexión me hubiese hecho descartar la idea de enfrascarme en una odisea de marcado carácter suicida como la que estaba contemplando. Pero esta vez era diferente, sabía que tenía ante mí la posibilidad de escapar de una vida de ostracismo y resignación para entregarme a una llena de peligros y aventuras. Con tan sólo veintiún años debía de hacer frente a una cuestión de tintes trascendentales. Estaba confuso y ofuscado. Con cada minuto que fluía mi juicio se iba ahogando cada vez más entre mares de dudas, sin embargo, también sabía que no podía ignorar a mi destino.

Mi lucha interna continuó por toda la noche. Los miedos y las ilusiones se iban y venían en un continuo vaivén incontrolable. Poco a poco la oscuridad de la habitación fue clareándose hasta que varias horas después el crepúsculo me recordó que la noche había transcurrido en vigilia. Estaba cansado, los párpados me vibraban inquietos y una prominente insatisfacción atormentaba mi más inmediato presente.

Me levanté de la cama y me acerqué hasta la ventana, el sol lucía con luz tenue. Abrí el ventanuco para respirar un poco de aire fresco. Una cálida ráfaga de viento me abofeteo a la altura de la mandíbula. La mañana se presentaba clara y calurosa, aunque al alba el ambiente era más bien frío. Dejé que mi vista se perdiese en el horizonte, más allá de las cumbres más altas de las montañas. Fantaseé con lejanas tierras, con lugares mágicos, con grandes batallas. Imaginé Usitania y sus impresionantes murallas, Terim y sus famosos mercados. Dibujé la imagen de mi mismo a bordo de una carabela surcando el majestuoso y peligroso mar Elisio. A medida que mi mente se adentraba en los maravillosos lugares aún por descubrir, el temor que me atenazaba fue progresivamente desapareciendo.

El deseo de abandonar la cárcel de roca que me cercaba fue paulatinamente acumulándose en mi cuerpo. La noche, la lucha, había dejado gradualmente paso a la claridad, al día. Los rayos de sol que reposaban apaciblemente en mi rostro me abrieron la mente hasta el punto de despertar en mi el dormido anhelo de ver con mis propios ojos lo que el mundo me ofrecía fuera de Kiurad y sus valles. Aliviado, decidí que ese mismo invierno emprendería mi viaje, un periplo que terminaría el día en el que el tirano rey de Riel pagase por sus innumerables crímenes. El día en el que mi pueblo y el continente entero respirarían de nuevo en libertad.

11/08/2009

Capítulo 3

Archivado en: Uncategorized — raulfrias @ 21:23

La guerra de los mil cadáveres

El día había amanecido gélido y despejado. Las frías partículas de aire que se dispersaban por la habitación se clavaban como miles de alfileres sobre mi piel erizándome el vello de los brazos. Agazapado bajo las mantas traté de mantener mi calor corporal, adoptando una posición fetal y cubriéndome casi totalmente. Un ruido sordo comenzó a brotar desde la puerta de entrada.

- Toc, toc, toc.

- William, ¿estás despierto?- la voz de Orson sonó al otro lado de la madera.

- Si, en cinco minutos salgo.

- Tranquilo, aún es temprano, no vengo por eso. Sólo quería decirte que ha venido hace un rato Lance para disculparse por haber tenido que marcharse tan rápido ayer y me ha pedido que te diga que te espera en su casa en una hora.

Orson no me dio tiempo a contestarle. Antes de que mis labios pudiesen articular palabra alguna oí sus pasos alejándose por el pasillo. La sala quedó nuevamente en silencio. Moví el cuello con cuidado, para comprobar si el dolor de cabeza había desaparecido. Y así era, mi mente amaneció lúcida y carente de dolor alguno. Empecé a cavilar sobre lo ocurrido en el olivar el día anterior. Una cierta ansiedad se acopló a mi discurrir sembrando la duda de si realmente quería conocer la respuesta. Pensé en una y mil soluciones posibles, algunas de ellas disparatadas, y al final llegué a una conclusión, por otro lado no menos extraña y confusa que cualquiera de las otras que había decidido desechar. Deduje que el destino, encarnado en el viento, había intentado comunicarme algo. Llegué hasta dicha cábala inspirado en una vieja leyenda valbica que me había narrado Lance unos meses atrás. Fue, creo recordar, por el mes de mayo; justo acabábamos de recoger la ultima remesa de manzanas de la temporada cuando el viejo trovador me hablo sobre dicha parte del folklore valbico, recuerdo bien sus palabras.

“Hay en Valbiria una leyenda, nunca confirmada pero tampoco desmentida, que atañe al viento unas cualidades nunca contempladas por ninguna otra región. Cuentan los habitantes de tan mística ciudad que uno de sus más notables y valientes guerreros, Ismael “corazón de fuego”, en una noche de las tantas que discurrieron en la guerra de las amapolas recibió la visita de la más hermosa mujer que nadie pudiera imaginar jamás. Su pelo era negro y largo, sus ojos azules como el cielo y profundos como el mar, su cuerpo curvo y hermoso, y su voz dulce como la miel temprana. El guerrero, atónito y temeroso ante la desconocida intrusa, desenfundó su espada y arremetió contra la mujer, hincándole la hoja a la altura del corazón. Cuentan que su cuerpo se desvaneció como si nunca hubiese estado allí y que instantes después apareció justo detrás de Ismael. Antes de que “corazón de fuego” pudiese reaccionar, la mujer le cogió de la mano y le susurró al oído lo siguiente: “valiente guerrero no debes de temerme pues no estoy aquí para herirte sino para guiarte. Se que tu devoto pueblo está siendo injustamente masacrado y por eso quiero ayudarte”. Después de transmitirle el mensaje, la extraña mujer besó a Ismael. Lo que viene a continuación lo relata tal cual el propio guerrero en sus memorias.

“Cuando aquella hermosa mujer me besó sentí una extraña fuerza colándose en mis entrañas. Cientos de desconocidas tácticas militares se instalaron en mi memoria sin que nunca antes hubiese tenido constancia de ellas. Puedo afirmar que gracias a ese beso pude guiar a las tropas de Valbiria hasta la victoria en la guerra. En un mes conseguimos hacer retroceder a las tropas de Riel más que en los dos años anteriores. Lo mas extraño de todo el asunto es que cuando abrí los ojos aquella mujer ya no estaba, fue como si se hubiese evaporado por completo. En la sala solo quedábamos yo y unos tenues susurros producidos por el viento. Nunca he sabido a ciencia cierta quien o que era aquella mujer que me besó aquella noche, pero lo que sí se es que gracias a ella ganamos muchos años de paz”.

Basándose en la propia experiencia personal que plasma el guerrero en sus escritos y en las indirectas referencias del mismo al viento, los ciudadanos de Valbiria determinaron que fue el destino el que, con ayuda del viento, se le apareció en forma de mujer aquella noche a Ismael. Así al menos lo han añadido a su folklore tradicional. El relato de Lance terminaba relatando como varios años después de este extraño incidente, cuando Ismael “corazón de fuego” ya había fallecido, Riel consiguió conquistar Valbiria. Sin embargo, el otrora trovador me admitió que cuando visitó la ciudad se quedó asombrado de la independencia que tenía respecto al reino, siendo superada en este aspecto únicamente por Usitania. Me dijo también que esta situación podía darse gracias a que el talante místico y las fuertes convicciones religiosas de la ciudad atormentaban en cierta medida a Morgan y su ejército; por lo que preferían no pasarse mucho por el lugar”.

Aunque a mi no se me había aparecido ninguna hermosa mujer, creí que ambas historias compartían notables similitudes entre ellas. Cierto era también que no había recibido respuestas como Ismael sino más bien interrogantes. ¿Cómo debía interpretar lo ocurrido? ¿Quería el destino que volviese a Znora? ¿Qué la reconstruyera? Cualquiera de las dos ideas me parecía igual de utópica. Riel nunca permitiría que un antiguo habitante de Znora se acercase de nuevo hasta la región.

Seguí meditando por un buen rato hasta que me percaté de la hora que era. Si no me daba prisa llegaría tarde a la cita con Lance. Acto seguido me incorporé con diligencia de la cama y me dirigí hasta la cocina, un par de jofainas con agua me esperaban sobre la mesa. Me acerqué a una de ellas y hundí las palmas de mis manos formando una cavidad en forma de cuenca que después elevé de entre las aguas para refrescarme la cara, un millón de pequeñas gotitas de agua se dispersaron en una y otra dirección. Me sequé un poco con una toalla que Orson me había dejado apoyada adrede sobre una de las sillas y salí raudo hacia la cabaña de Lance.

La mañana continuaba despejada pero el ambiente seguía siendo muy frío. Corrí esquivando gente y obstáculos naturales y en menos de un minuto estaba frente a la puerta de la casa del anciano. Llamé jadeante por el repentino esfuerzo que había tenido que realizar y esperé a que Lance apareciese. Instantes después me encontraba cara a cara con el antiguo trovador.

- Buenos días William. Entra, creo que te debo una explicación.

- Si supongo que si, aunque no debe preocuparse por ello- contesté mientras accedía al interior.

Una vez en el pasillo, Lance me indicó que lo esperase en el comedor, que el iría enseguida. Obedecí la orden sin rechistar y recorrí el ornamentado corredor hasta la última habitación de la casa. Todo seguía igual que lo habíamos dejado ayer, incluso el sombrero de punta ocupaba la misma posición en la mesa. Tome asiento, feliz de volver a estar sentado sobre esas maravillosas sillas color carmesí y dejé que mi cuerpo se relajará sobre el confortable acolchado mientras esperaba a que Lance volviera. El anciano regresó portando entre sus manos una pipa de color pardo, adornada en su empuñadura con una tira metálica de una plata tan reluciente como una gota de agua del lago Ilora.

- ¿Habías visto en tu vida una pipa igual?- me preguntó con gesto orgulloso.

- Nunca había visto una madera y una plata tan hermosas- respondí.

- Lo sé. Tanto la madera como el metal provienen de los bosques plateados de Taumir, emplazados a cientos de kilómetros al norte de aquí. Jeff me talló esta pipa con tan extraordinarios materiales- me respondió con los ojos centelleantes.

- ¿Y de dónde ha sacado Jeff plata y madera de Taumir?- volví a incidir esta vez con cierta curiosidad.

- Eso no importa muchacho, cada uno de nosotros tiene sus contactos. El caso es que quería que supieses el motivo por el cual abandoné ayer nuestra conversación tan repentinamente- me dijo mientras sonreía con cierto cinismo.

Me había dejado por una estúpida pipa. Arqueé las cejas y miré al cielo pidiéndole paciencia mientras Lance se reía con cinismo de mí. Tenía muchas ganas de seguir conociendo la historia de Ashmia como para ponerme a discutir con el viejo, aunque bien que se lo hubiese merecido.

- Bien, ¿dónde nos habíamos quedado?- preguntó Lance mientras aspiraba de la pipa a la vez que una voluta de humo ascendía desde la cavidad de la misma.

- Me estabas hablando sobre Morgan y su insaciable afán conquistador.

- Es cierto. Estamos por tanto en un punto interesante de la historia mi joven amigo- me dijo con semblante serio el anciano. William lo que te voy a narrar a continuación es todo lo que he ido absorbiendo de la sabiduría popular de nuestro continente durante mis viajes. Abordaré en primer lugar la historia que escuché una vez, en Malvuu, a un trovador llamado Dean. El Cuentacuentos, uno de los más famosos de la zona este, contó que no existía en este mundo alguien que hubiese visto la cara del soberano fuera de su palacio. Su argumento para sostener tal afirmación era que el rey siempre llevaba la cara tapada por un yelmo forjado con el metal de las espadas de aquellos hombres que había ido matando. Pero no quedó ahí su relato, sino que continuó diciendo que Morgan guarda como trofeos de guerra los dedos pulgares de la mano derecha de todos aquellos reyes que osaron enfrentarse a él o a su despiadado ejército.

Como era habitual en sus historias el otrora trovador ejecutó una pausa en el momento álgido del relato. Inclinó ligeramente hacia atrás su cabeza y expulsó un par de ruedas de humo por su boca. Yo, sabedor de sus artimañas, esperaba paciente a que Lance reanudase la narración. Unas cuantas nubecillas de humo después continuó con su discurso.

- Otra vez, en la por aquella época recién fundada Usitania, escuché de un aldeano una interesante historia, la cual todavía no he podido descubrir si es o no real. El caso es que, el testimonio de aquel hombre relataba quizás el más terrible mito que acompaña al odiado rey de Riel. Su historia narraba como Morgan y su esposa Minerva tuvieron un hijo y como el monarca, obnubilado por el miedo a perder su poder a manos de su descendiente, intentó asesinar al susodicho. Por suerte para el niño, su madre no permitió que tan terrible acontecimiento sucediera. Así que una noche, mientras cenaban, Minerva dejó caer en la copa de vino de su marido unas gotas de un líquido que tenía la propiedad de dormir durante horas a cualquiera -el anciano dio una profunda calada a la pipa-. En el mismo momento en el que Morgan perdió la consciencia, Minerva salió huyendo con su hijo escondido bajo unas sábanas blancas con el objetivo de sacarlo de allí, y una vez fuera del reino, entregarlo a alguna familia para conseguir así salvar la vida de su hijo. Según he podido averiguar- Lance se recostó sobre su asiento para continuar- nadie sabe a quién fue entregado el bebé y ni siquiera se sabe realmente si la historia es en si cierta, pero si que se conoce su final, el cual por cierto no es precisamente feliz. Cuentan que cuando la mujer regresó al reino, Morgan la esperaba tremendamente furioso. Desde que la vio aparecer, el tirano rey intentó en vano que su mujer le desvelase el paradero de su hijo, pero tras ver que no iba a conseguir descubrirlo, el soberano la estranguló con sus propias manos.

El relato de Lance me dejó anonadado. A lo largo de los años había escuchado infinidad de historias, leyendas y rumores sobre Morgan, pero jamás había oído nada similar a lo que acababa de contarme el retirado trovador. La maldad de Morgan no entendía ni de lazos de sangre.

- Muchacho, ¿estás bien?- Lance me agitó por los hombros.

- Si, si. Es sólo que nunca había escuchado tal historia- contesté con sinceridad.

- Muy poca gente la ha escuchado y como te he dicho, nadie sabe a ciencia cierta si es o no real. Y te diré otra cosa, las malas lenguas cuentan que la guerra de Znora tiene mucho que ver con esta leyenda- me dijo Lance mientras entrecerraba los ojos y agravaba el tono de voz.

- ¿Y qué relación puede ser esa?- pregunté intrigado.

- Tu afán de saber venda tus ojos William. Olvidas al vástago del rey. ¿A quién crees que se supone que fue entregado?

- Al pueblo de Znora- de repente todo cobró un escalofriante sentido.

- Al pueblo de Znora, así es William, así es. Son muchos los rumores, y muchos más los que los creen, que sostienen que Morgan creyó que su hijo había sido entregado a una familia de Znora y que por tal motivo atacó la región. Loco por la furia y el miedo, quería encontrarlo y matarlo, ya que le atormentaba la idea de que su hijo estuviese vivo y que un día pudiese ocupar su trono- el anciano se sintió liberado tras terminar la intervención.

- ¿Y tú que es lo que crees?

Los ojos del ex trovador se clavaron como lanzas sobre mí. Apoyó la pipa sobre la mesa, ya sin tabaco ni fuego en su interior, y comenzó a acariciarse su descuidada barba color platino. Un incómodo silencio se fue adueñando del comedor. El anciano continuaba mirándome pensativo, maquinando la respuesta adecuada a mi incómoda pregunta. Se levantó de la silla como si la naturaleza le hubiese perdonado los últimos veinte años y comenzó a caminar en círculos sobre si mismo, con las manos entrelazadas y apoyadas en la parte inferior de su espalda. Yo le seguía expectante con la mirada hasta que de repente se paró en seco, se giró hacia mí con el dedo pulgar levantado y me contestó.

- Yo simplemente creo lo que debo creer. No se si la “guerra de los mil cadáveres” comenzó por uno u otro motivo, pero si se que fuese por una cosa o por la otra, la guerra estalló y desde ese momento, nuestra vida se convirtió en un auténtico infierno. Se también que nuestra tierra, otrora rica y fértil, se transformó en un terreno cubierto por ceniza, sangre y muerte- el rostro del anciano se encogió compungido. Y gracias a que David Drury entretuvo a los secuaces del “Sanguinario” si no probablemente ¡no hubiese quedado vivo ni uno tan sólo de nosotros! (esta es una historia que les contaré más adelante, pues no es ahora el momento oportuno).

Agaché la cabeza avergonzado. Me estaba preocupando más de saciar mi curiosidad que de las consecuencias tan graves que trajo a mi pueblo tan cruenta batalla. Tenía que haber visto el límite a mis preguntas.

- Lo sé, no hay día en el que no eche de menos mi hogar, y a mis padres- contesté todavía avergonzado.

Lance se calmó y volvió a tomar asiento. Sus ojos reflejaban compasión y cariño. Me tendió su mano y me acarició el pelo con suavidad. Mi corazón palpitó nervioso mientras esperaba la redención del viejo, la cual no tardó en llegar.

- Tranquilo William. No debes de avergonzarte, pero creo que no deberíamos de volver a tratar este tema- la voz de Lance recuperó su tono habitual.

El anciano llevaba razón, la guerra ya nos había arrebatado demasiado como para darle también nuestro tiempo. El recuerdo de mis padres era aún demasiado doloroso y no quería además importunar a Lance. Estuve de acuerdo por lo tanto en no volver a rememorar tan trágico acontecimiento.

- Creo que debería marcharme, se está haciendo tarde y Orson estará preocupado- le comenté al otrora trovador al mismo tiempo que me levantaba de la silla.

- Está bien, hasta la próxima entonces.

La escueta despedida me confirmó que el recuerdo de la guerra había afectado a Lance. Preferí no decir nada más para no empeorar la situación y salí a paso ligero de la cabaña. La tarde comenzaba a languidecer por esa hora y la luna se dejaba ver, todavía tímidamente, en el firmamento. Un millón de confusas sensaciones me invadieron al escuchar el siseo de los vientos. Mi cabeza se llenó con el murmullo de miles de voces diferentes que no conseguía escuchar. Caminé hasta mi casa intentando apagar el traqueteo que me abordaba. Entré sin hacer ruido, aunque rápido me dí cuenta de que Orson aún no había llegado. Las voces eran cada vez más nítidas. Corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta con pestillo y me tumbé en la cama mientras taponaba mis oídos con las palmas de las manos. El murmullo cesó al instante. Me lloraban los ojos, mis músculos estaban agarrotados y mi alma agotada. Sin fuerzas, el sueño me envolvió entre sus aterciopeladas garras.

10/08/2009

Capítulo 2

Archivado en: Uncategorized — raulfrias @ 15:44

Vientos de melancolía

Aquella misma tarde, después de una animada comida con Orson, salí de casa con la intención de dirigirme hasta el río Liora. El pequeño afluente, no más ancho que una ruta comercial para carromatos, del caudaloso Thil situaba su nacimiento bajo tierra. Y la mayor parte del año permanecía allí encerrado. Pero con la llegada primero del otoño y después del invierno, debido a las cuantiosas y continuas lluvias y nevadas, el pequeño río emergía desde el subsuelo para atravesar unos cuantos kilómetros de tierra hasta su desembocadura en el Thil.

Como estábamos a mediados de otoño, el Liora ya se dejaba ver por la superficie. Sus aguas, todavía escasas y turbias, zigzagueaban valle abajo con energía. Antes de partir examiné la cabaña de Lance para cerciorarme de que seguía fuera de ella. No encontré señales que me indicaran el regreso del viejo. La chimenea permanecía apagada, las puertas y ventanas estaban selladas y no se apreciaba luz alguna en el interior. Una vez estuve convencido de la ausencia del anciano inicié mi caminata hacia el río.

Avancé despacio mientras mi cabeza no cesaba de darle vueltas a la historia que el otrora trovador me había contado por la mañana. Su relato había removido mis sentimientos más profundamente enterrados. Riel y Morgan invadieron tras meses de ausencia mi mente. Con los años había aprendido a aislar cualquier pensamiento sobre ellos, era la única forma que había encontrado de evitar el dolor. Deambulaba sumido en estas cavilaciones cuando unos vientos alisios, que se habían levantado sin avisar, me irritaron los ojos. Unas cuantas lágrimas comenzaron a brotarme desde el lagrimal. Para evitar tan molesta compañía me encorvé ligeramente y extendí la palma de la mano a modo de barrera. Algo desorientado avancé valle abajo hasta que visualicé un promontorio atestado de olivos. Los árboles me servirán como improvisado escudo contra el viento- razoné mientras aceleraba el ritmo. Un par de minutos después llegué hasta el montículo de tierra y me senté junto a un olivo en sentido contrario al del viento.

Con este vendaval no podré llegar hasta el río- pensé disgustado- y golpeé con suavidad mi cabeza contra el robusto y negruzco tronco del olivo. Decidí que lo mejor sería esperar en el improvisado refugio hasta que la fuerza de los vientos se redujese. Malhumorado por el inoportuno contratiempo me apoyé desganado contra el tronco del árbol. A medida que iban transcurriendo los minutos mis revueltos pensamientos se iban dejando embaucar por la melancolía que portaba con desdén el viento.

De forma sutil pero progresiva, mi consciencia se fue extrapolando más allá de la realidad y acabó cediendo ante la confusa amalgama de sentimientos, recuerdos y emociones que se amontonaban en ella esperando su turno. La viva imagen de mi maltrecha tierra invadió desafiante mi mente. Un interminable tapiz de imágenes desfiló ante mis ojos. La pena se clavó afilada en mi corazón cuando recordé que habían pasado ya más de ocho años desde que todos los supervivientes tuvimos que abandonar nuestra región para vivir como proscritos entre las montañas. Znora pertenecía desde hacía tiempo al vasto imperio de Riel, como todo el continente- pensé a pesar de estar sumido en un extraño trance-. Sólo la impertérrita Usitania se mantenía ajena a la voluntad del rey Morgan. Su privilegiada situación geográfica y su geométrica arquitectura dotaban a la urbe de una capacidad defensiva inigualable.

Znora no había tenido tanta suerte como Usitania. La primera región habitada de Ashmia ocupaba gran parte de la costa oeste del continente, circundante toda ella a las aguas del mar Elisio.La gran extensión terrenal que la región abarcaba hizo que la zona se tuviese que dividir, pocos años después de los primeros asentamientos, en dos estados diferentes pero que coexistían de forma pacífica el uno con el otro. El lago Ilona ejercía de frontera entre ambos emplazamientos. Mis padres y yo vivíamos en el sur, en Farisia, una acogedora población de unos cuatrocientos habitantes repleta de vitalidad. Un clima cálido, suavizado por la brisa marina, acompañaba a la ciudad durante la mayor parte del año- la imagen de Farisia apareció de forma espeluznantemente nítida dentro de mi cabeza.

La aterradora ilusión se desvaneció cuando un brusco golpe de viento, que sacudió con violencia al tronco del olivo sobre el que me apoyaba, me devolvió abruptamente a la confusa realidad. Desconcertado por la situación, me acurruqué azaroso sobre mí mismo, encogiéndome como si de un insecto bola me tratase. Agité la cabeza y zarandeé el cuello, aturdido aún por los acontecimientos. Un vaporoso dolor de cabeza amenazaba la paz de mi cuerpo. Me llevé la mano izquierda hasta la nuca y la acaricié con un sosegado masaje.

En ese preciso momento, un rugido, o más bien un susurro, similar al cuchicheo de alguien que habla indecentemente sobre otro, agitó son suavidad las hojas de los árboles. Éste fantasmagórico susurro cesó desúbito, y justo después, los vientos bramaron como satisfechos por lo acaecido y desaparecieron como si nunca hubiesen estado allí. Sobre el promontorio solo quedaron unos poéticos céfiros que acariciaron mi entorpecido cuerpo mientras me levantaba con desgana. Cuando estuve nuevamente erguido una sensación de mareo me envolvió por completo. Tuve que apoyarme sobre un olivo con los ojos cerrados y el cuerpo ligeramente encorvado para no perder el equilibrio.

- ¡Qué demonios ha sido eso!- refunfuñe en voz baja mientras recuperaba el aliento.

El valle y las montañas guardaron silencio. No querían explicarme lo que acababa de acontecerme. Fue como si la naturaleza hubiese querido transmitirme un mensaje a través del viento. En ese instante sentí la imperiosa necesidad de moverme, de huir de aquella pequeña arboleda formada por olivos. Con un escalofrío recorriendo mi espalda alcé la vista al cielo y comprobé que había variado su tonalidad hasta un tono rosáceo que profetizaba un hermoso ocaso otoñal. Las horas habían pasado como segundos, como si los granos de arena del reloj hubiesen caído en tromba en vez de uno a uno. Será mejor que posponga mi viaje al Liora para otro día- decidí tras un momento de reflexión.

Emprendí tras ello el camino de regreso al campamento. Caminé deshaciendo mis pasos, y tan solo unos pocos minutos después alcancé nuevamente el valle. Al llegar, contemplé como de la chimenea de Lance surgía perezosa una opaca cortina de humo que se perdía formando espirales en el cielo. Parece que ya ha vuelto el Cuentacuentos- pensé interiormente. Decidí que emplearía la mañana siguiente en escuchar el final de la historia que había quedado inacabada esa misma mañana. Finalmente, llegué hasta mi casa. Entré todavía ligeramente atontado y me encontré a Orson en el pasillo.

- Hola. ¿Qué tal ha ido la tarde?- me preguntó sonriente.

Por un momento valoré la idea de contarle el raro suceso que acababa de vivir pero rápidamente deseché esta ocurrencia, por estar demasiado cansado y aturdido.

- Bueno, bien, al final he ido a los olivos de aquí al lado a tomar un poco de aire fresco- contesté intentando aparentar normalidad.

- ¿No ibas a ir al río Liora?- preguntó sorprendido por mi respuesta.

- Si, pero se ha levantado un fuerte viento y he decidido que era mejor dejar el viaje para otro día.

- ¿Viento? ¿Qué viento? –me miró con extrañeza- Bueno, no importa, voy a preparar algo de cena ¿quieres algo?

Su respuesta me noqueó por completo. ¿No había sentido el templado y arenoso viento que se había levantado a media tarde? No era posible. Seguramente le habrá pillado echándose la siesta- intenté convencerme a mi mismo. Sin embargo, una perturbadora intranquilidad punzó mis costillas. Para mantener el equilibrio, me apoyé sobre el marco de la puerta y le respondí intentando mantener la compostura.

- No, no tengo hambre. Además estoy algo cansado, será mejor que me vaya a dormir.

- Bien, como quieras. Que descanses- me dijo antes de introducirse en la cocina.

Esperé hasta que se hubo metido en ella. Después, avancé lo más rápido que pude hasta mi habitación, cerré la puerta y me desplomé sobre la cama. Mi cabeza estaba revolucionada pero mi cerebro se negaba a trabajar más. Preferí no forzarme y dejar las conclusiones para un momento de mayor lucidez. Así que simplemente dejé que el sueño se apoderase de mí.

09/08/2009

Capítulo 1

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 16:43

Capítulo 1: Una vida entre montañas

Desperté con el sonido de la lluvia, que chocaba contra los cristales de la ventana. Un grupo de nubes de tormenta poblaban el cielo, otorgándole un triste color grisáceo. Las gotas de lluvia caían con intensidad sobre el valle y sonaban con tono apagado sobre los tejados de madera de las casas. Después de observar el bello espectáculo natural durante unos minutos más, me incorporé de la cama y entreabrí la ventana. Aún era temprano, muchos de los habitantes del campamento todavía dormían y los que no, permanecían en sus casas esperando a que el temporal escampara. Una larga hilera de humo salía desde la chimenea de nuestra casa. Orson debe de estar preparando el desayuno- pensé tras contemplarla.Justo antes de abandonar la habitación me apresuré a cerrar la ventana para evitar que la lluvia entrase por ella. Me vestí con rapidez intentando esquivar el frío de la mañana y salí al pasillo. Mientras caminaba en dirección al comedor bostecé un par de veces y me desperecé estirando los brazos y la espalda con torpeza. Cuando llegué hasta la coqueta estancia repleta de muebles construidos con madera de abedul, me encontré a Orson preparando algo de té. El anciano se había hecho cargo de mí una vez terminó la guerra. Era un hombre de mediana estatura y redondeado corpachón, su piel era morena y apenas contaba con pelo sobre su cabeza. Poseía además unas negruzcas y profundas ojeras que acrecentaban su penetrante mirada, sustentada de por si en unos impactantes ojos negros. Su edad, nunca admitida, debía superar ya los setenta años. Mientras le miraba entre la admiración y el respeto observé como sobre la mesa del comedor esperaban su hora un par de manzanas de aspecto divino y unas hogazas de pan; así que sin pensarlo dos veces agarré una silla y me senté en ella. El ruido alertó a Orson, que se giró hacia mí.

- Buenos días, William, estaba preparando algo de té, ¿quieres una taza?- me preguntó al verme.

- Buenos días, sí, por favor, me encantaría- le respondí con muecas de agradecimiento.

La tetera, de color verde oscuro, comenzó a expulsar con rabia pequeñas nubes de vapor. Para no quemarse, Orson se protegió la mano con un trapo repleto de jirones y agarró la tetera por el asa. Después, la depositó sobre una tablilla de madera tallada a mano y buscó un par de tazas en el armario situado sobre la cocina. Sujetó las tazas con cuidado y sirvió el agua hirviendo en las dos, luego les añadió un par de hojas de té verde. Finalmente, se acercó hasta la mesa, me cedió una de las tazas- le agradecí el gesto-, se sentó frente a mí y tomó un sorbo de su té.

- Ten cuidado, está muy caliente- me advirtió.

Bajé la mirada para contemplar el parduzco líquido que prácticamente rebosaba de la jícara. Un intenso y cálido aroma se desprendía de él. Disfruté durante unos instantes en silencio de tan agradable sensación hasta que Orson me interrumpió para hacerme un par de preguntas.

- ¿Llegaste muy tarde ayer?

- Un poco. Me entretuve mirando las estrellas- le contesté mientras tomaba un pequeño sorbo de té que me abrasó lengua y garganta.

- Debes de tener cuidado, más tarde de la medianoche las temperaturas son muy bajas en el valle- su voz adoptó un tono paternal.

- Lo sé, tranquilo. Tengo siempre mucho cuidado- le respondí con seguridad.

Orson pareció tranquilizarse con mi respuesta. Tomó otro sorbo de té, cogió una manzana, la frotó con sus grandes y desgastadas manos y le dio un sonoro mordisco. Yo, por mi parte, cogí una hogaza de pan y me la comí mientras dejaba enfriarse al té. El desayuno transcurrió tranquilo, entre risas y cálidas palabras. Cuando hubimos terminado, Orson recogió las tazas, las fregó y las guardó en su armario correspondiente, después se acercó hasta la ventana y observó con detenimiento el valle.

- Ya ha parado de llover. Voy a salir a casa de Elda a ver si puede darme algo para este maldito dolor de piernas.

Asentí con la cabeza. Hacía ya algún tiempo que a Orson le dolían las piernas, los años empezaban a pasar factura en el cuerpo del anciano. Me quedé sentado unos minutos más mientras mi tutor revoloteaba por la casa en busca de ropa de abrigo y un par de conejos muertos con los que pagar a Elda.

- Bueno me marcho ya, luego nos vemos- me farfulló a modo de despedida mientras se ajustaba el abrigo.

La puerta emitió un ruido sordo al cerrarse. Justo después, aproveché para dejar el comedor y dirigirme de nuevo a mi habitación. En ella, ordené algunos trastos que estaban desparramados por el suelo y cogí una vieja bufanda de rayas azules y rojas que me había regalado un comerciante venido desde la inconquistable Usitania. Me la enrosqué al cuello y me dirigí a la calle, pensativo.

Ocho años habían pasado ya desde que los supervivientes de la conocida como “guerra de los mil cadáveres” nos habíamos trasladado desde nuestra Znora natal hasta el valle de Sepdim; conocido así por ser, en orden de descubrimiento, el séptimo valle hallado de los nueve que albergan en su interior las montañas de Kiurad. Éramos veintisiete los refugiados que poblábamos los llanos parajes de la hondonada; la gran mayoría de los habitantes superaban ampliamente los cincuenta años, y sólo tres no alcanzábamos la treintena: Bold, Jeff y yo. El más joven de todos nosotros era el pequeño Bold, de apenas nueve años. El mozalbete tenía el pelo rubio y los ojos tan azules como el cielo, era regordete y algo travieso; aunque nada fuera de lo normal teniendo en cuenta su edad. Bold vivía junto sus padres, Phil y Olivia (otros que no llegaban a la cincuentena), en la cabaña más céntrica del campamento. Jeff, por su parte, era el herrero del pueblo; tenía el pelo largo y rojizo, unos brazos fuertes capaces de doblar el hierro como si de papel se tratase y unos ojos marrones claros. Antes del conflicto había sido durante muchos años aprendiz en el taller de Milton, uno de los mejores herreros de la región de Znora. Tras la muerte de éste en la guerra, Jeff se había hecho cargo del negocio. Y es que, a pesar de contar con tan sólo veinticinco años, su habilidad en la forja era impresionante. Sus espadas, brillantes como la luna y fuertes como el diamante, eran la envidia de todos los herreros del continente. Finalmente (entre los más jóvenes) me encontraba yo. Hacía justo un mes, el trece de octubre, que había cumplido los veintiún años. Desde que nuestro pueblo se estableció en Sepdim vivía junto a Orson en una pequeña cabaña construida en roble en la zona más septentrional del valle; mi pelo era rizado y negro como el hollín y mis ojos verdes como una esmeralda abrupta, apenas superaba el metro ochenta de estatura y alcanzaba con dificultades los setenta kilos de peso. Me gustaba la naturaleza, la música y escuchar cuentos e historias repletas de épica sobre valerosos guerreros y hermosas doncellas. Si bien estos éramos los más jóvenes del lugar, existían otros miembros importantes del campamento como Ursula, que ejercía de recolectora de alimentos aunque en Znora había sido maestra, Nadine el cazador o Isaac el sastre. Nuestra pequeña pero activa sociedad se organizaba, por votación conjunta de todos los miembros mayores de veintiún años en el momento de nuestra llegada a Sepdim, en torno al concepto del reparto de tareas. Todos y cada uno de nosotros tenía una misión que cumplir diariamente, y debía realizarla obligatoriamente porque sino un eslabón de la cadena se rompía y aparecían los problemas. Así que todos llevábamos a cabo nuestra tarea: Elda ejercía de curandera, Jeff de herrero, Orson de mediador de conflictos (odiaba que le tildasen de juez), Olivia y Phil se encargaban de traer al campamento agua potable, Wallace hacía lo propio con la leña; y yo, junto a otros tantos, me encargaba de la recolecta de alimentos.

Más allá de este trabajo diario, la vida entre montañas era bastante aburrida. La monotonía reinaba en el día a día de cualquiera de los refugiados del campamento. Por eso me gustaba visitar al viejo Lance. El más anciano y tardío miembro, había llegado hasta Sepdim varios años después que el resto, de todos cuantos poblábamos el valle había sido un reconocido trovador en los años previos a la guerra y tenía por ello una inusitada facilidad para contar historias. Escucharlo se había convertido en mi principal válvula de escape en los momentos en los que necesitaba evadirme de la cárcel de piedra que formaban las rocosas faldas y los abruptos acantilados de Kiurad. Sus historias y cuentos, además de interesantes, estaban repletos de sabiduría.

La casa de Lance estaba ubicada casi al final del valle, ligeramente apartada de las de los demás. El anciano justificaba dicha separación afirmando que con ella ganaba en tranquilidad, una tranquilidad que era de vital importancia a su edad -siempre esgrimía los mismos argumentos-. Cabizbajo y absorto en mis pensamientos avancé con rapidez sobre la fina capa de hierba que cubría el camino hasta la casa del antiguo trovador. Al llegar frente a su puerta, aparté el trozo de manga que me cubría la mano y llamé dos veces con un seco golpe de nudillos que hizo retumbar al portalón de madera que me cerraba el paso. Unos instantes después, el anciano abrió con torpeza la entrada.

- Hola, William, no te esperaba tan temprano por aquí pero pasa, pasa- me dijo con su hipnotizante voz.

Al entrar, los ojos azules de Lance se posaron sobre mi;el anciano me miraba con detenimiento mientras su larga y descuidada barba plateada golpeaba con suavidad contra su pecho. Portaba su particular sombrero de punta, desgastado por las innumerables noches que pasó a la luz de la luna contando sus grandilocuentes historias a todos aquellos que tenían el placer de escucharle. Su casa no difería demasiado en su aspecto exterior del resto de las que poblaban el valle. Sin embargo, un mundo maravilloso se arremolinaba sin demasiado orden en el interior. Una alfombra tejida en tierras lejanas cubría el estrecho pasillo de madera del corredor y algunos objetos de lo más extraño podían verse en el interior de las diferentes habitaciones que íbamos dejando atrás de camino al comedor.

- Son regalos que he ido recibiendo de gente de todos los lugares del mundo- solía decirme el anciano cuando le preguntaba curioso por cualquiera de ellos.

El comedor era una salita cuadrangular situada en la última habitación del edificio. En el centro, había una mesa de nogal tallada con dibujos de hermosas formas florales en las terminaciones de cada una de sus cuatro patas. Las sillas estaban completamente forradas por una tela color carmesí que las hacía infinitamente más cómodas. Ojala tuviésemos estas sillas en casa. Cada vez que me sentaba sobre ellas el mismo pensamiento rondaba mi mente. En la pared del fondo había un pequeño fogón y una chimenea. Sobre la misma, un buen número de utensilios de cocina reposaban colgados de unos curvos ganchillos que sobresalían de la madera.

- ¿Quieres té?- la voz de Lance irrumpió de repente en mis pensamientos.

- No gracias, ya he tomado en casa antes de venir a verle- le respondí con celeridad.

Lance tomó asiento con lentitud y esperó pacientemente a que sus trastabillados huesos se adaptaran a la forma de la silla. En que estuvo completamente acomodado, se quitó el sombrero y lo apoyó en un lateral de la mesa. Una melena corta que apenas lograba alcanzar sus hombros emergió del interior del mismo. Antes de empezar con su habitual ritual el retirado trovador se retiró los cabellos que se le amontonaban frente a los ojos. Desde la primera historia que me narró, Lance había adoptado una costumbre que repetía una y otra vez. Antes de empezar con cada uno de sus relatos el antiguo trovador me planteaba una serie de preguntas.

- ¿Conoces la historia de nuestro continente? ¿Y sabes qué, antes de la llegada de Morgan, Znora era una de las comarcas más importantes de Ashmia?- me preguntó a la vez que daba un extrañamente ágil respingo sobre la silla y me señalaba con la palma de la mano extendida boca arriba.

La fuerza con la que empezó su discurso me abrumó. Me limité a ladear la cabeza dibujando un no con su movimiento. En ese instante, los ojos de Lance se abrieron como platos y el azul de su iris brilló radiante como si de un pequeño zafiro se tratase. Nunca antes lo había visto así.

- El divino tesoro de la juventud es en ocasiones el peor enemigo de la sabiduría- continuó diciéndome. Hoy, mi querido William, voy a contarte todo lo que yo sé sobre los inicios de la civilización en nuestro continente -extendió los brazos sobre la mesa y entrelazó las manos mientras ejecutaba una breve pausa-. Hace más de cien años- prosiguió con el relato mientras elevaba ligeramente el tono-, mucho antes de que el explorador Ashton llegase a través del peligroso mar Elisio hasta esta parte del mundo; Ashmia ya existía. Lógicamente todavía no se llamaba así, ya que como sabrás, dicho nombre se puso en honor del mencionado explorador.

El anciano realizó una nueva pausa, pestañeó y pasó a acariciarse la barba. Toqueteó el sombrero, arqueó un brazo y apoyó su cara sobre la palma de la mano de dicha extremidad. Me miró fijamente durante unos instantes intentando evaluar mi grado de interés en la historia. Cuando contempló satisfecho mi impaciencia por qué continuase reemprendió con renovado ímpetu el relato.

- La tradición popular que fue pasando de juglar en juglar durante generaciones cuenta que cuando Ashton encalló con su barco en estas tierras se encontró con un territorio virgen sólo habitado por animales y plantas. Abrumado ante lo que contemplaban sus ojos decidió volver sobre sus pasos e informar a su rey de lo que había descubierto.

-¿Y qué pasó después?- pregunté insatisfecho.

- Tranquilo muchacho, cien años de historia no pueden contarse en tan poco tiempo- me respondió Lance mientras se apartaba parte de su canosa melena de la frente-. Cuando Ashton llegó al puerto de Osbil, situado en la zona norte de Pralvia, en las afueras del reino de Duvar, desembarcó y corrió como poseído por el más terrible de los demonios a informar al rey de su hallazgo. Cuando el explorador terminó de contarle a Borlin, que así se llamaba el rey, lo que había encontrado por casualidad en unos de sus viajes comerciales, el monarca decidió premiarle bautizando al nuevo mundo con el nombre de Ashmia. La palabra la formó mezclando el nombre del explorador con el de la diosa válbica de la naturaleza, Mia. Días más tarde, empezaron a organizarse las primeras expediciones hacia el nuevo mundo. Y sólo un poco tiempo después comenzaron a llegar los primeros colonos hasta Ashmia. Los primeros asentamientos se establecieron en la costa oeste del continente y la primera región que se fundó fue Znora, en honor al Dios Zor, patrón de los hombres y el progreso en la religión válbica.

- ¿Así que somos la región más antigua de todas?- pregunté, sorprendido.

- Así es mi joven amigo, así es- contestó condescendientemente Lance.

- Más tarde fueron surgiendo núcleos de población aislados- el anciano reemprendió rápidamente el discurso para no perder el hilo de la historia-. Ciudades como Osfal, situada en la zona central del continente, o Malvuu, una pequeña ciudad pesquera ubicada en el sur fueron naciendo a medida que nuevas oleadas de colonos iban arribando en Ashmia. Otros casos más recientes, como es el caso de la joven Usitania o del reino de Riel, fueron desarrollándose y creciendo hasta el punto de constituir estados independientes del resto, con capacidad para gobernarse a si mismos, bajo sus propias leyes.

- Me gustaría poder ver algún día Usitania- dije en voz alta mientras ladeaba la cabeza pensativo.

- Es una ciudad maravillosa. Con sus enormes y majestuosos muros protectores, con sus empedradas y coloridas calles y con la continua algarabía de sus gentes. Cada detalle de Usitania transmite una solemnidad difícil de ver en cualquier otra ciudad del mundo- los ojos del viejo trovador vibraban vigorosos mientras describía la ciudad.

Quedé embebido por la descripción de Usitania que hizo el viejo Lance. Dejé volar mi imaginación y contemplé la ciudad en mi mente. Sus altos muros que podían retener al más despiadado de los ejércitos, sus calles repletas de gente y la maravillosa sensación de libertad que impregnaba el ambiente. De repente, sentí una fuerte repulsa hacia el reino de Riel.

- ¡Si no fuera por Riel y su estúpido rey podría ver Usitania con mis propios ojos!- exclamé enfurecido.

- No debes cargar contra el reino sino contra el rey- me corrigió al instante Lance-. Hace ya unos años, cuando la guerra todavía no había estallado y Morgan aún no era rey pasé varios días en Riel y créeme cuando te digo que era un lugar maravilloso. La gente del reino era amable y acogedora. El problema llegó con el ascenso al poder del príncipe Morgan. Su caprichosa e inestable personalidad, que le granjeó muy temprano el terrible apodo de “El Sediento de Sangre”, que con los años fue derivando sencillamente en “El Sediento”, cambió el curso de la historia en Ashmia. Dos días después de tomar posesión de la corona lanzó un ataque contra la población que más cerca quedaba de sus dominios, la comercial Therim. La ciudad, sin apenas fuerza militar, consiguió defenderse a duras penas durante una semana entera pero finalmente el asedio de Morgan dio sus frutos y la norteña población acabó cediendo.

El anciano exhaló un suspiro y se tomó una nueva pausa. Mis verdes ojos lo observaban con expectación. Lance esquivó mi mirada a la vez que metía su mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de negra seda que vestía. Rebuscó durante unos segundos en su interior y extrajo una vieja y carcomida pipa de fumar que depositó sobre la mesa. Después, volvió a introducir su mano en el bolsillo y sacó un pañuelo que había enroscado en forma de ovillo. Lo desató con sumo cuidado para no derramar las hojas de tabaco que ocultaba en su interior. El olor a tabaco fresco se apoderó de la atmósfera, embriagando al otrora trovador, que olisqueó con un suave fruncimiento de nariz el aroma que flotaba en el comedor. Una vez quedó satisfecho, formó una pinza con el dedo pulgar y el dedo corazón de la mano derecha y agarró unas pocas hojas de tabaco que después dejó caer suavemente en el interior de la ovalada cavidad de la pipa. Se quedó dubitativo e inmóvil justo después. Finalmente añadió:

- William, ¿me harías un favor? -contesté que sí con la cabeza-. Muy bien, ¿ves la caja de cerillas que hay sobre la cocina? -volví a asentir con un suave movimiento de cuello- pues cógela y acércamela, por favor.

Me levanté de un salto de mi asiento y procedí a satisfacer los deseos del anciano con la mayor celeridad posible. Lance me miraba atento, esperando algún refunfuño por mi parte. Al ver que este no llegaba se arrascó su puntiaguda nariz mientras su rostro reflejaba un semblante de sorpresa. Un arañazo superficial quedó marcado en forma de línea roja muy próximo a su ojo derecho. Le acerqué las cerillas.

Tras agradecerme la ayuda, el antiguo trovador abrió con delicadeza la caja y extrajo del interior un pequeño fósforo que introdujo en la cavidad de la pipa para quemar con él las hojas de tabaco. Cuando las hojas empezaron a arder, Lance comenzó a inhalar de la pipa con cortos pero intensos soplidos. Una pequeña voluta de humo que dejaba tras de si una agradable fragancia comenzó a emanar de ella. El anciano se desplomó entonces sobre la silla, aunque seguía dando cortas pero intensas caladas. Viendo que el retirado trovador me ignoraba, carraspeé con impaciencia y Lance volvió en si.

- Perdón, me he quedado algo traspuesto, ¿por dónde íbamos?

- Los años no perdonan- pensé para mis adentros.

- Me estabas hablando sobre la conquista de Therim por parte del reino de Riel- le respondí mientras resoplaba en señal de desaprobación.

- ¡Ah, es verdad! ¡Qué cabeza la mía! El caso es que tras la conquista de Therim la ambición de poder de Morgan creció como la espuma. Pronto fue atacando una a una las ciudades más importantes de Ashmia. Malvuu, Osfal, Dilora y muchas otras fueron sucumbiendo ante los terribles ataques del impulsivo rey y su oscuro ejército.

Un anaranjado haz de luz atravesó de pronto el vidrio del ventanal, como si hubiese entrado en cólera por haber pronunciado la palabra oscuro, y se posó inquieto sobre mi rostro. Para evitar su inoportuna compañía, cerré los ojos, aparté la cabeza de su trayectoria y moví mi asiento ligeramente hacia la derecha. Desde mi nueva posición se observaba con claridad el exterior del valle. Un tímido sol de otoño se asomaba curioso por encima de los afilados colmillos que serpenteaban a su antojo por las cimas de las montañas de Kiurad.

- Parece que el temporal ha amainado un poco- murmullo Lance mientras daba una fuerte calada a la pipa.

- Eso parece- contesté de forma seca.

El anciano no pareció inmutarse y siguió fumando con tranquilidad. Se arremangó un poco la chaqueta y enarcó una ceja. Su nariz comenzó a contraerse de nuevo. Olisqueó como lo haría un sabueso de caza hasta que una expresión de desesperación se mezcló con las innumerables arrugas que se repartían por su cara.

- ¡Maldición, casi lo olvido! William, debo marcharme. El olor a metal chamuscado que ha llegado hasta mis pulmones me ha recordado que debo de ir con Jeff.

Acepté, a regañadientes, la inoportuna noticia de tener que abandonar el relato a medias. Supuse que Lance había encargado forjar algún extraño objeto a Jeff y que por ello le corría tanta prisa el ir a recogerlo. Quizás sea una de sus irrepetibles espadas. Y con este pensamiento pisé de nuevo el verde suelo del valle. Lance se despidió de mí apresuradamente y se dirigió raudo hacía el taller del herrero, situado en el interior de una pequeña cueva que él mismo había aclimatado para poder usar como forja. Una vez estuve solo, miré al cielo y vi, con mayor claridad que desde la ventana del comedor de Lance, que las nubes se habían disipado por completo, cediendo su lugar en la bóveda celestial a un cálido sol de otoño.

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