Fantasía y Lápiz

20/08/2009

Capítulo 7

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 21:12

El año de la espada

Agarré la mochila repleta de víveres que David me había preparado la noche anterior y me dispuse a salir a la calle. El héroe de Znora descansaba sobre el parapeto del porche con la mirada perdida en el verde horizonte, propio del mes de mayo que acabábamos de estrenar. Cientos de flores silvestres de variados y vivos colores bailoteaban al son de los vientos mientras los rayos de un tibio sol primaveral titilaban en los charcos que aún quedaban de las lluvias de días pasados.

- Parece que por fin ha llegado el día ¿eh?- me preguntó de forma retórica.

- Eso parece- me limité a contestar.

Y así era. Tras algo más de dos años de aprendizaje había llegado el momento de continuar con mi historia. Sin embargo, no pude evitar echar la vista atrás y recordar todos los momentos que había pasado junto al mejor de los guerreros de la región de Znora. Aún recordaba como si fuese ayer el brillo que irradiaban los ojos de David cuando me propuso ser mi maestro. Con mi llegada, el veterano guerrero volvió a recuperar la ilusión, la esperanza en la victoria en su eterna e interminable lucha contra el tirano rey de Riel. El día que tuvo que recluirse en las montañas seguramente pensó que su guerra había terminado, que había sido derrotado, que ya nunca podría acabar con Morgan. Pero entonces llegué yo y todo cambió para David. Conmigo surgió una nueva oportunidad, una nueva posibilidad de victoria.

Para avivar este sueño diseñó con mucho mimo un entrenamiento fundamentado en cinco fases con el que buscaba aumentar mi control de las emociones, de los sentidos y de la fuerza. Nunca se preocupó por el tiempo que nos iba a llevar hacer de mí un gran guerrero (o al menos, un guerrero), siempre confió en mi capacidad y no vaciló ni un solo instante en ser duro conmigo cuando la situación lo requería. Me entrenó como se entrena a un guerrero. Ni los esbirros de Morgan han recibido un entrenamiento como el tuyo -solía decirme-, y eso que el ejército de “El Sediento” alardea de ser el mejor entrenado de todos. David era dos personas diferentes cuando entrenábamos y cuando no. Durante el adiestramiento se transformaba en un frío instructor de academia militar, impasible, rudo y exigente con cada uno de mis ejercicios. Sin embargo, una vez abandonábamos el entrenamiento, David se convertía en un hombre maravilloso; atento, agradable en el trato, protector y siempre con una sonrisa en los labios. En el cuarto día de mi segundo mes con él, mientras degustábamos una sabrosa cena comenzamos a hablar sobre la guerra. David, como tantos otros, había sufrido en sus carnes la maldad de Morgan. El odiado rey de Riel le había arrebatado todo aquello que quería y le había obligado a exiliarse hasta aquel lugar perdido.

- ¿Estabas casado David? es que hace tanto tiempo que abandonaste Znora, y yo era tan pequeño, que lo que conozco de ti es apenas lo que cuentan las leyendas e historias locales.

- Sí, estaba casado y tenía una familia además. Mi esposa Elizabeth y mis dos hijos, Nelson y Valery, de tres y ocho años respectivamente, eran mi vida y todo lo que necesitaba para ser feliz. Pero esa asquerosa guerra comenzó y como sabrás al primer lugar al que salpicó fue el norte de Znora- comenzó a narrar su trágica experiencia vital.

- Lo sé, los ancianos de nuestro pueblo intentaron pedir ayuda a Usitania entonces, pero no quisieron intervenir militarmente y sólo se ofrecieron, años más tarde, a ejercer como sede de negociación; aunque de nada sirvió- respondí para que comprobase que sabía la terrible historia de nuestro pueblo.

- Así es. Al principio pudimos defendernos bien de los ataques, pues apenas venían pequeñas avanzadillas de militares, pero después Morgan fue enviando con cada vez más frecuencia a sus soldados. Hasta que una mañana, a plena luz del día decidió asestar el golpe definitivo. El mismo se presentó en persona para acabar con nuestro pueblo. Entre él y su ejército, de más de cien hombres, fueron asesinando a nuestros guerreros más fuertes primero y al resto de civiles después, sin hacer ninguna distinción entre hombres, ancianos, mujeres o niños. Los mató a todos, incluida mi familia. Nada pude hacer por salvarlos, aunque lo intenté con todas mis fuerzas, pero no fue suficiente. Luché mano a mano con “El Sediento” mientras sus esbirros observaban atentos la batalla. Tras algunos minutos que me parecieron una eternidad, el tirano me hendió su espada cerca del corazón y me dejó tirado en el suelo para que pudiese ver como asesinaba brutalmente y sin ningún tipo de miramiento a toda mi familia. Todo sucedió a escasos metros de mí, lo pude ver con mis propios ojos y no pude hacer nada por evitarlo. Tras acabar con la vida de todo aquello que yo amaba, Morgan y sus secuaces volvieron a Riel dejándome allí para que muriese desangrado. Cual fue mi desgracia que las heridas no alcanzaron ningún órgano vital y conseguí frenar la hemorragia con sal y fuego. Unos días después estaba casi recuperado, fue entonces cuando me dirigí al sur para ayudaros. El resto de la historia ya lo conoces- su tono era triste y las lágrimas aparecieron en numerosas ocasiones en sus ojos mientras iba narrando los hechos.

-Siento mucho lo de tu familia David, te prometo que un día conseguiré vengarlos- respondí enfurecido.

-Ojala que llegue ese día William, pero antes tenemos que entrenarte para que al menos tengas opciones reales de poder llevar a cabo nuestra más que merecida venganza- contestó intentando relajar mis ánimos.

No volvimos a hablar sobre ello. No fue hasta el inicio del mes de mayo cuando empezamos con el entrenamiento (llegué a su cabaña a mediados del mes de enero). La primera prueba de David tenía por objetivo ayudarme a desarrollar mis sentidos hasta un nivel más alto, y fortalecer de paso mi mente. Para ello me llevaba hasta una cueva oscura, de aspecto hosco y en la que normalmente el suelo estaba enlodado, lo que hacía que mis movimientos fueran más torpes e imprecisos. Una vez dentro, me tapaba los ojos con un pañuelo y comenzaba a golpear bruscamente las paredes para desorientarme, después se movía sigilosamente a lo largo y ancho de la cueva mientras me lanzaba pequeños guijarros intentando golpearme. Con todo este ritual (que repetimos durante meses) quería conseguir que fuese capaz de aislarme de lo que no era importante y me centrase solamente en el sonido de la pequeña piedra que se dirigía hacia mí, con el fin de esquivarla.

La segunda prueba fue la menos enrevesada de todas pero también la más dura. En ella no era importante la habilidad, ni la concentración; lo único que importaba era la voluntad y la fuerza. Con la llegada del buen tiempo, los manantiales próximos aumentaron considerablemente su caudal y la fuerza de sus corrientes. En ellos se basaba la segunda parte de mi adiestramiento. El mejor guerrero de Znora me hacía remontar una y otra vez la corriente de los manantiales, luchando contra la tremenda fuerza de sus aguas. Había veces en las que me ataba dos enormes piedras a los tobillos que me hacían infinitamente más difícil el avanzar entre ellos. Los primeros días sufrí de terribles dolores en las piernas, incluso hubo veces en las que temí por las secuelas que el ejercicio podría ocasionar en ellas. Pero David estaba seguro de que a la larga esta práctica sería beneficiosa para mí. Y tenía razón. Mis piernas se hicieron cada vez más fuertes y resistentes.

Y si la segunda prueba había sido la más dura, la tercera fue sin duda la más complicada. Una calurosa mañana del mes de septiembre, y sin previo aviso, David simplemente desapareció. En un primer momento lo busqué por las inmediaciones del lugar, pues nunca antes se había marchado. Por supuesto, no hubo suerte alguna y no encontré ni tan siquiera un rastro de él. Varios días más tarde me aventuré a buscarle varios kilómetros al Este, muy cerca de la ruta de Cook (sí, me había desviado varios kilómetros el día de la tormenta); tampoco hubo señal alguna del guerrero. Me encontraba en una situación complicada, pues mi maestro había desaparecido sin dejar huella y las provisiones empezaban a escasear. Fueron momentos de duda y de desasosiego en los que no tenía claro como seguir adelante, sin embargo, decidí que tenía que empezar a valerme por mi mismo si quería sobrevivir. David se había marchado, pero al menos tenía un techo donde cobijarme. Acepté la idea de quedarme allí hasta que David volviese y comencé a cazar y pescar para obtener comida. Al principio era realmente torpe, recuerdo como los peces, incluso los más viejos, esquivaban mi arpón con la facilidad con la que la lluvia empapa las hojas de los árboles. Y los animales no eran menos hábiles, pues jabalíes y conejos intuían con suma facilidad mi presencia y huían antes incluso de que pudiese tensar la cuerda del arco. Los primeros días apenas pude llevarme bocado a la boca y no fue hasta un par de meses después cuando mejoré notablemente mi técnica y empecé a cazar con cierta facilidad piezas hasta entonces inalcanzables. Eran mediados del mes de noviembre cuando David regresó. Abrió la puerta de la casa y me saludó como si nada hubiese pasado.

- ¿Dónde has estado?- le pregunté totalmente sorprendido.

- Fuera. No podía volver hasta que fueses capaz de valerte por ti mismo. ¡Podrías haberte dado más prisa por cierto!

- ¿Cómo?- le pregunté perplejo por su respuesta.

- Es sencillo William. Debes tener en cuenta que no siempre voy a estar a tu lado, así que simplemente desaparecí para ver como te las apañabas. Puedes considerarla la tercera fase del entrenamiento, la cual has superado notablemente.

- ¿Y dónde has estado?- todavía continuaba anonadado.

- En un escondite que construí por si llegaba el día en que esta cabaña dejase de ser segura- me respondió sin inmutarse demasiado.

Entendí que no debía seguir haciendo más preguntas, pues el método, aunque algo brusco, había conseguido su objetivo: convertirme en autosuficiente. Con la llegada del mes de diciembre y del invierno las praderas se volvieron a cubrir de nieve, el fluir de los manantiales y la bella armonía de la naturaleza fue apagándose a medida que un tono amarillezco y después blancuzco iba recuperando su trono perdido. Fue entonces cuando el héroe del pueblo de Znora decidió comenzar con mi entrenamiento con la espada, que constituía a su vez la cuarta y quinta fase del adiestramiento. Todo ese invierno y el año siguiente David fue perfeccionando mi técnica y mis golpes. El guerrero me enseñó como defenderme ante los ataques del rival, como aprovechar sus fallos y debilidades. Me mostró la forma de atacar los puntos clave del enemigo, como poder vencerle lo más rápidamente posible. Me dijo que la clave para conseguir la victoria era convertir a la espada en una extensión del brazo, como si de una extremidad más se tratase. Consiguió que aprendiese hábiles movimientos estratégicos de defensa y ataque y me adiestro en el difícil cometido de controlar los nervios durante el combate. Eso fue lo último que me enseño, la quinta y última fase de mi entrenamiento. Después de ello, simplemente puso su mano sobre mi hombro y me dijo:

- Ha llegado el momento. Es hora de que tu aventura continúe.

De eso hace ya cinco meses. Hoy estábamos los dos en su porche, apurando nuestros últimos momentos juntos. Miré al guerrero, que continuaba posado sobre la barandilla oteando el horizonte, esperaba que dijese algo. Sin embargo, no dijo nada, sólo dio media vuelta y entró en la casa. Salió poco después con una hermosa espada entre las manos.

- Quiero que te la quedes. Me gusta llamarla Elizabeth, en honor a mi difunta esposa. En otro tiempo perteneció al rey Marcus, venerable monarca del reino de Meda. Sé que la cuidarás bien- me dijo mientras me entregaba la espada.

Ciertamente parecía la espada de un rey. Pese a su notable tamaño (cercano al metro de longitud) y anchura (unos cuatro dedos) era ligera como una pluma de cisne. Su empuñadora era dorada y estaba decorada con una inscripción escrita en un lenguaje extraño que no alcanzaba a comprender.

- ¿Qué pone aquí?- cuestioné a David señalando la empuñadura.

- “Derrama sangre sólo si buscas la paz”. Está escrito en medaní, uno de los idiomas más importantes del continente de Veldert.

El continente de Veldert era uno de los cuatro que formaban el mundo conocido, o descubierto, como le gustaba apuntillar a Orson. El resto eran Ashmia, Moonworth e Igardi-Nuia. Veldert se dividía en tres grandes reinos: Meda, Orés y Duvar. Moonworth, con una extensión de terreno muy amplia pero muy desapacible, con tierras muy áridas y secas, solo estaba habitado en su costa oeste; tres grandes ciudades concentraban a la totalidad de la población: Calafar, Elvoo y Yistaro. Igardi-Nuia era apenas una isla grande, con pocas zonas habitadas y todas ellas muy aisladas, no existían ciudades ni reinos importantes y la mayor parte de su población era nómada.

Sentí cierta intriga por conocer como había llegado tan valioso objeto hasta David, como era posible que un guerrero de Znora poseyera la espada de un antiguo rey de Meda. Así que ni corto ni perezoso, se lo pregunté.

- ¿Dónde conseguiste la espada del rey Marcus?

- Esa es una larga historia, aunque creo que te vendrá bien escucharla, así que te la contaré -arqueó ostensiblemente la ceja derecha mientras me miraba con detenimiento-. Hace ya más de veinte años, cuando era un simple cadete de la academia militar de Usitania, pues allí cursé mis estudios, me enrolé en una expedición al reino de Meda, era una misión sencilla: a mis compañeros y a mí se nos encomendó proteger a un alto cargo político (del que no se nos habían facilitado apenas datos) hasta el reino, una vez allí, sólo teníamos que escoltarlo hasta palacio sin que sufriera daño alguno. Dinero fácil, decían todos, sin embargo, todo se complico más de lo que nadie hubiese deseado. En la tercera noche de navegación, mientras todos dormían aprovechando unas fuertes ráfagas de viento que se habían levantado desde el sur, un barco nos abordó. Eran piratas venidos desde las Islas Solitarias, un archipiélago compuesto por tres pequeños islotes situados cientos de kilómetros al sur de Igardi-Nuia que servían como refugio a toda esta clase de corsarios. Por pura casualidad, a esa hora de la noche, bien entrada la madrugada y bajo un cielo plagado de centelleantes estrellas, yo era el encargado de hacer la guardia pertinente; pues siempre había alguien de guardia en el barco. Cuando vi a los seis piratas pasando sigilosamente a través de cuerdas desde su barco hasta el nuestro portando en sus manos cimitarras y botellas incendiarias, corrí sigilosamente hacia los camarotes en busca de mis compañeros. Les desperté rápidamente y les alerté sobre la presencia de intrusos a bordo. El capitán, Alan Ham, me ordenó que fuese a por el protegido y le ayudase a mantenerse fuera del alcance de los corsarios. Cuando llegué hasta su camarote, un par de bandidos se burlaban de él y le amenazaban; sin que ellos se percatasen de mi presencia, me deslicé dentro y asesiné con dos rápidos y certeros golpes de espada a los dos piratas. El huésped al que escoltábamos, embutido en un ridículo pijama beis de lino, se lanzó a mis brazos dándome las gracias una y otra vez. Poco después se persono el capitán y nos explicó que todo había acabado, que la amenaza había desaparecido. Pasaron algunos días más hasta que me enteré de que nuestro invitado no era otro que el rey Marcus. Cuando llegamos a Meda, el rey me ofreció como recompensa a mi valor y por haberle salvado la vida la espada que ahora sostienes entre tus manos- David me relató entusiasmado la historia de la espada.

- Es una gran historia. Pero, ¿cómo es que todo un rey no supo defenderse de dos simples piratas? Todo el mundo sabe que no es exactamente su destreza con la espada lo que más les caracteriza- cuestioné el que consideraba el punto más flojo de la narración.

- Sencillamente porque nunca antes había luchado. El rey Marcus será siempre recordado por ser el monarca que mantuvo al reino de Meda en paz durante los doce años que duró su jerarquía. Ni un sólo conflicto aconteció entre las lindes de su reino durante ese periodo. Por eso me obsequió con esta espada en la que grabó la mencionada inscripción, que como podrás deducir tiene un alto contenido simbólico- me contestó satisfecho de conocer la respuesta.

Tras conocer la historia de Elizabeth, todavía me sentí más orgulloso de portarla. La até como pude dentro del escudo y coloqué la mochila sobre él. La carga, aunque no era muy pesada, empezaba a resultar algo incómoda de transportar. Procedí a despedirme de David.

- Creo que es hora de partir.

Mi hasta ahora maestro asintió con la cabeza y se volvió a dejar caer sobre la baranda del porche, entrelazó las manos, se mordió su labio inferior y me espetó.

- Debes aprovechar el día, evita avanzar por la noche, aún te quedan unas horas hasta que encuentres de nuevo la ruta de Cook. Mas si te das prisa no tendrás problemas en alcanzarla antes del crepúsculo. Cuídate mucho mi joven amigo, te echaré de menos.

Cuando terminó la frase, nos dimos un fuerte apretón de manos y reemprendí mi viaje, David me miraba con los ojos vidriosos mientras me iba alejando. Avancé por espacio de varios minutos hacia el noroeste, de vez en cuando iba mirando hacia atrás, donde encontraba la figura de David de pie, inmóvil y mirándome fijamente mientras me marchaba. Me juré que algún día mi nombre formaría parte de la leyenda como lo formaba el suyo. Me ajusté bien la espada del rey Marcus, el escudo púrpura que me había regalado el viejo Lance, y reanudé mi marcha con destino Usitania.

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed para los comentarios de esta entrada. URI para TrackBack.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Theme: Rubric. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.