Fantasía y Lápiz

25/08/2009

Capítulo 9

Archivado en: Relatos — raulfrias @ 13:25

Nunca más caminaras solo

Caminé muy rápido, pues todavía me quedaba un largo trecho hasta las llanuras durmientes de Eleanor, desde donde, en principio, se podían contemplar ya las enormes murallas de la ciudad inconquistable. Anduve largo rato en dirección norte disfrutando del hermoso paisaje que se extendía a mi alrededor. Miles de florecillas silvestres de cientos de colores diferentes se expandían sin orden por todo el territorio cercano y lejano, bajo mis pies y mucho más allá de lo que podían alcanzar mis ojos. Mi objetivo era volver a la ruta de Cook y seguirla hasta la ribera del Mulm, la cual debía bordear hasta los límites occidentales de las llanuras. Un par de horas después volví a divisar el empedrado sendero que unos años atrás me había traicionado y abandonado a mi suerte. Nada sucede sin un motivo- era lo que pensaba siempre que recordaba los malos momentos pasados.

En torno al mediodía, con un majestuoso sol primaveral gobernando los cielos, aproveché un pequeño rellano plagado de arbustos para hacer una pausa y comer algo. Eché mano de las provisiones con las que David había llenado mi mochila la noche anterior y comí una hogaza de pan con algo de queso y un par de naranjas poco maduras. Poco después de terminar de degustar la segunda pieza de fruta abandoné el improvisado comedor e inauguré de nuevo la caminata. Avancé por la ruta comercial sin cruzarme con nadie, disfrutando del olor a jazmín que impregnaba a los vientos y esperando ver de un momento a otro las cristalinas aguas del Mulm, algo que no tardó en ocurrir. Remonté un menudo montículo de alta hierba (más alta curiosamente que en ningún otro lugar) y al llegar a lo más alto, allí estaba; el profundo y caudaloso Mulm cortando en dos el horizonte. Prorrumpí súbitamente en una desatada alegría y corrí y corrí como desenfrenado corcel hasta alcanzar los límites del río.

Las aguas del Mulm eran totalmente diáfanas, más incluso que las del lago Ilona, y si te fijabas bien, podías observar peces de distintas clases y tamaños revoloteando a sus anchas entre ellas. La corriente, no demasiado fuerte en esa época del año, impregnaba el ambiente de un retronar constante. La vegetación del lugar era exuberante y varios centenares de animales entre insectos, pájaros y pequeños mamíferos campaban con total tranquilidad en torno a mí. Seguí la zigzagueante orilla del río más caudaloso de Ashmia hacia el oeste, en busca de uno de los varios puentes que lo atravesaban. Encontré el primero de ellos tan solo una hora después, estaba construido totalmente en piedra y su estructura formaba una curva ondulada con un arco en el centro que dejaba pasar las aguas sin interrupción alguna. Al otro lado de la pedregosa construcción estaba uno de los lugares más especiales del mundo conocido; las llanuras durmientes de Eleanor. Cuando vislumbré por primera vez en mi vida tan particular lugar me vino hasta la mente la historia de la joven muchacha que da nombre a la consabida extensión de terreno. Sin ese relato, que como tantos otros me había narrado Lance hace ya unos años, no hubiese comprendido de la misma forma el sobrenombre de durmientes. Recordé, palabra a palabra, el parlamento del Cuentacuentos.

“La historia de Eleanor es la historia de un amor imposible, de una tragedia evitable –con estas palabras empezó el relato el retirado trovador-. Según cuentan –casi siempre atribuía a otros el origen de sus historias-, la joven era la única hija de una humilde familia de pescadores de Malvuu; ella no era muy diferente a cualquier otra niña de la ciudad aunque si más hermosa. Sus ojos eran negros como el azabache y su pelo largo y castaño, su nariz era redondeada y coqueta y su sonrisa bella como el primer rayo de luz reflejando en el rocío del alba. Sin embargo, la vida de Eleanor no fue nunca fácil. Se quedó huérfana desde muy pequeña, pues sus progenitores desarrollaron una extraña enfermedad que no consiguieron superar. Una noche, cuando Eleanor contaba tan solo con cuatro años de edad, sus padres quedaron profundamente dormidos y nunca mas volvieron a despertar; sus corazones podían seguir latiendo pero sus cuerpos yacían inertes sobre la cama. Desde entonces, la preciosa niña quedó al cuidado de sus parientes más cercanos, unos tíos de Usitania. Lo que estos no sabían era que la pequeña Eleanor escondía un enorme y terrible secreto, un secreto que por suerte para todos había descubierto a muy temprana edad. Desde la extraña enfermedad de sus padres la niña había dejado de hablar. Sus tíos, y algunos expertos en la materia, atribuían la mudez al trauma causado por haberse quedado huérfana a tan temprana edad. Lo que no era para nada cierto, pues Eleanor no había enmudecido por ningún trauma; su mudez se debía a que había descubierto que a todo aquel al que le profesaba su amor a través de las palabras, caía sumido en un profundo sueño del que nunca jamás volvía a despertar. Por eso, para proteger a sus seres queridos, había prescindido del habla, evitando así cualquier inoportuno descuido”.

Recuerdo que en este punto de la historia, una mueca de asombro se dibujó en mi cara a la vez que un suspiro de fascinación escapaba desde mis entrañas. Pero la historia no acababa ahí.

“Pese a este ingrato don, los años fueron pasando para Eleanor, que fue creciendo feliz hasta convertirse en una bella y dulce adolescente de diecisiete años. Y como en toda chica de la mencionada edad, su cuerpo y su mente empezaron a interesarse por los hasta entonces menospreciados chicos; aunque en el caso de Eleanor fue más bien al revés. Había por aquella época, cuando Usitania apenas era un grupo de casas al cobijo de unas enormes murallas, una familia de honrados comerciantes que tenían un hijo llamado Shawn. El muchacho, un año mayor que ella, era tremendamente alto y delgado, tenía el pelo pajizo y lacio y unos ojos marrones tremendamente refulgentes. Cuentan que el joven Shawn quedó prendado de Eleanor desde el primer día en que la vio. Durantes semanas que se convirtieron en meses el joven aprendiz de carpintero (pues esa era la profesión que habían elegido para él sus padres) intentó en vano captar la atención de Eleanor; le regalaba hermosos ramos de rosas blancas y rojas, le escribía poesías e incluso le obsequiaba con pequeñas figuritas de ella misma talladas por el en la inigualable madera de los bosques plateados de Taumir. Eleanor, aunque se mostraba reacia en un primer momento, fue sucumbiendo poco a poco ante los encantos del joven y ante su propia curiosidad; así que finalmente accedió a citarse con Shawn. No tardó mucho en surgir el amor entre ambos, y pese a la mudez de Eleanor, lo cierto es que parecían entenderse a las mil maravillas. Sin embargo, nada bueno dura eternamente; y una tarde de otoño como otra cualquiera, con su manto rojizo de hojas caducas cubriéndolo todo, los dos enamorados abandonaron los altos muros de la ciudad inconquistable para dar rienda suelta a su pasión en los territorios adyacentes a la población. Llegaron hasta la orilla del Mulm tras caminar durante varias horas entre jugueteos y animadas charlas, a ambos les gustaba pasear hasta tan distinguido emplazamiento, y eran muchas las tardes que habían perdido entre caricias y el continuo refunfuño de las aguas del río. Pero aquel día el destino de ambos se vio tristemente enturbiado por un terrible y trágico acontecimiento. Aquella tarde de otoño, Shawn pidió a la bella Eleanor que le dijese que le quería. La muchacha, sabedora de lo que sucedería si esas palabras escapaban de su boca, se negó rotundamente, algo que llenó de pena al delgado aprendiz de carpintero. Tal fue la tristeza que se reflejó en los ojos del joven que Eleanor, esperanzada en que los años hubiesen acabado con la maldición que la acompañaba, pronunció con un suave hilo de voz, apenas audible, un sincero aunque temeroso “te quiero”. Todo quedó entonces en silencio, el viento paró de zarandear a los árboles, la corriente del Mulm dejó de retronar y todo movimiento o sonido de animales cesó al instante. Cuando Shawn escuchó el te quiero de Eleanor, esbozó una enorme sonrisa en su rostro, aunque desgraciadamente para él, esas lindas palabras fueron las últimas que escuchó en vida. Ya que lo que se sabía que iba a pasar, finalmente sucedió; y el chico quedó sumido en un profundo sueño del que nunca más iba a despertar. Lo que viene a continuación –recuerdo que Lance me miró afligido mientras exhalaba un sombrío suspiro- es uno de los finales más trágicos que uno puede escuchar. Tras la muerte de Shawn pocos días más tarde (pues al final acababan muriendo, normalmente una semana después), los oscuros ojos negros de Eleanor no dejaron de llorar y su alma fue cayendo en una peligrosa melancolía. Tres meses después, la joven, totalmente consumida por la pena, se quitó la vida con un limpio corte en las venas. Cuenta finalmente la historia como los familiares de ambos, tras cremar sus cuerpos con los rituales funerarios apropiados, esparcieron sus cenizas por la ribera del río Mulm, donde tantas y tantas veces habían disfrutado de su amor. Por eso, a toda esa amplia extensión de terreno se la conoce como “las llanuras durmientes de Eleanor”, pues allí es donde descansa el espíritu de la hermosa muchacha de Malvuu, y allí es dónde por última vez se escuchó su maldita voz. Si un día consigues ver las llanuras entenderás mejor lo que acabo de contarte- recuerdo que fueron las palabras que utilizó Lance para dar por terminado su discurso”.

Ciertamente el relato cobraba un mayor sentido al contemplar el lugar. Todo, absolutamente todo, estaba quieto en él, no había animales ni apenas árboles, y los que había presentaban un aspecto del todo ajado; solo unas pocas flores se mezclaban con la gran capa de hierba que recubría todo el emplazamiento. Tras dejar atrás el puente de piedra y pisar tan mágico lugar una extraña sensación recorrió mi cuerpo. Era como si la vida descansase en aquel lugar, aunque existía, eso era innegable, pero a su vez reposaba aletargada; en una extraña comunión con la muerte. Algo atónito ante el excepcional escenario seguí caminando contagiado de ese sopor que flotaba en cada uno de los recovecos del espacio. Pronto me di cuenta que aquellas extrañas tierras eran más anchas que largas, pues desde mi posición podía contemplar los limites de las llanuras durmientes de Eleanor, fronteras delimitadas por abundantes aunque poco densas agrupaciones de pinos. Y por encima de ellas, tan altos que incluso las nubes bajas osaban posarse sobre ellos, se alzaban majestuosos los muros de Usitania; la ciudad inconquistable.

Miles de nervios empezaron a bambolear primero en mi estómago y después en mi corazón. Un nudo atrancaba mi garganta a la vez que una histérica sonrisa se manifestaba descontrolada en mi faz. Normalmente era un muchacho de lo más tranquilo, sin embargo, la percepción de los colosales baluartes de la ciudad me volvió literalmente loco. En ese momento, un fuerte clamoreo de felicidad pudo escucharse dentro de mi alma; el ver aquellas murallas tuvo un efecto casi mágico en mí. Tras un largo lapso de algo más de dos años todo parecía mucho más claro. Usitania estaba ahí, al alcance de mis ojos; casi podía olerla, tocarla, sentirla entre mis dedos. Fue solo unas horas más tarde cuando alcancé, tras superar los pinares limítrofes, la entrada de la única ciudad plenamente independiente del continente; he de admitir que quedé totalmente perplejo al contemplarla. Los gruesos muros construidos en recia roca se elevaban más de cuarenta metros sobre el suelo, al lado de ellos cualquier humano, incluso el más alto y robusto, parecía una mota de polvo más dentro de un inmenso desierto. Me acerqué, todavía ligeramente extasiado, hasta los portalones que daban acceso a la ciudad, dos guardias interfirieron en ese preciso instante en mi camino.

- ¿Quién eres muchacho y cuál es el motivo de tu visita a Usitania?- me espeto el más alto de ellos con mirada displicente.

Ambos soldados vestían armaduras de varias piezas que recubrían casi por completo sus cuerpos. Estaban armados con dos largas espadas y un inmenso escudo picudo decorado con los emblemas más representativos de la población; destacando en un relieve más remarcado la imagen de un sol atravesado por una larga espada. Evitando cualquier gesto o palabra que pudiese engendrar algún tipo de suspicacia en los guardas, me apresuré a contestar.

- Me llamo William, y vengo a ver a Herzen Doll, el posadero, que me ha ofrecido un trabajo en su establecimiento- le respondí intentando mostrarme calmado.

Herzen, debía ser alguien verdaderamente importante, pues tanto Orson como Lance le conocían, e incluso me atrevería a decir que David también, pues más de una vez mencioné su nombre y nunca puso objeción alguna sobre él. Ahora mismo, localizar al misterioso posadero de Usitania era mi principal propósito. El problema estaba en que no sabia cual era el nombre del mesón que regentaba ni dónde se situaba.

- ¿Vas a trabajar en “Bruma añil”?- preguntó ahora el más bajito con voz queda.

- ¿Acaso existe otra posada en Usitania?- respondí intentando mostrar una expresión de sorpresa.

- Lo cierto es que no, había otra en la periferia, pero al final el local de Herzen hizo que cerrara, siempre resulta mucho más cómodo tomarse una cerveza en la plaza principal que en las afueras- dijo el alto mientras se rascaba la barbilla.

- Eso es algo totalmente cierto- contesté satisfecho de que mi pequeña triquiñuela hubiese surgido efecto.

Ambos centinelas pasaron a mirarse con gesto solemne y parlotearon durantes unos instantes con altanería. Permanecí de pie mientras charlaban, ojeando las inmediaciones. Contiguo a los enormes portalones de rojiza madera, había un pequeño habitáculo, de apenas tres metros de alto y uno y medio de ancho que debía servir como caseta para salvaguardarse del frío en los turnos de guardia. Mientras escudriñaba todos los detalles, el guardia más diminuto, que exhibía un poblado mostacho debajo de la celada que portaba, se dirigió hacia mí con tono distendido.

- Está bien muchacho, si ese es el motivo de tu viaje, puedes pasar. Disfruta de Usitania.

Después, chasqueó los dedos y su compañero se metió en la caseta, momento en el cual las puertas comenzaron a ceder con virulencia aunque con lentitud. Cuando ambas estuvieron completamente abiertas, me dí cuenta de lo extraordinario que era aquel lugar. Su fuerza política, apoyada fundamentalmente en su condición de territorio neutral para cualquier clase de negociación, y su reconocida (incluso por el propio Morgan) independencia, había permitido a la ciudad crecer y desarrollarse como a ninguna otra en el continente. Además, su privilegiada situación geográfica y sus enormes murallas protectoras hacían de Usitania una población prácticamente imposible de conquistar.

- ¿Te vas a quedar mirando eternamente?- me preguntó uno de los guardias interrumpiendo mis reflexiones.

- No, no, disculpe señor. Es que nunca había visto nada igual- me apresuré a responder.

El guardia se echó a reír y con un gesto de espada me invitó a entrar. Agarré fuertemente la mochila intentando ocultar mis propias armas y entré, aún asombrado ante lo que contemplaban mis ojos. Usitania era un conjunto de calles estrechas aunque bien organizadas y delimitadas; hileras de casas de un color beige apagado se extendían a ambos lados de la calzada. Los tejados eran de diversas formas y colores: los había planos en tonos índigos, triangulares de tejas granates e incluso algunos, los menos numerosos, eran casi redondos con tejas de color carbón. La gente abarrotaba las adoquinadas calles, mientras un gran baile de esperanzas e ilusiones se iba atolondrando frente a mis risueños ojos. Aún sobrecogido, continúe caminando un buen rato más, contemplando la grandilocuencia y belleza de una ciudad única. Llegué hasta una plaza con una gran fuente circular de tres estantes de altura; en la zona central de dicho monumento estaba esculpido un sol atravesado por una espada –esta debe ser la plaza principal y el emblema militar de Usitania- pensé. Esperanzado con la idea de que la posada no podía quedar muy lejos de aquel lugar, me metí por diferentes calles hasta que di con ella. Escasamente a unos quince metros en dirección oeste; apostada entre dos callejuelas, se alzaba “Bruma Añil”. Era un edificio bastante antiguo, diferente a la tónica habitual que se repetía en el resto de edificios de la ciudad. Su fachada estaba pintada en tonos violáceos, tenía un tejado picudo de teja granate y de su repisa colgaba un desgastado letrero en el que todavía podía leerse con claridad el nombre del mesón. Contemplé su estrafalaria arquitectura durante unos instantes más y finalmente accedí al interior, el cual me resultó mucho más familiar. Varios conjuntos de mesas y sillas ocupaban la mayor parte del espacio, en el centro había una pequeña barra, a la derecha unas escaleras que accedían a un piso superior y por supuesto, esparcidos por todo el habitáculo, un buen número de lugareños disfrutaban de la bebida y las mujeres. Me acerqué a la barra, que estaba regentada por una robusta mujer de pelo castaño y ojerosos ojos ocres, que gritaba histérica a unos individuos que andaban montando jaleo. Debía rondar los cincuenta años

- Hola. Estoy buscando a Herzen, ¿sabe dónde puedo encontrarlo?- le pregunté.

- No está aquí, y no va a volver hasta mañana, a saber dónde estará ese viejo truhán- me contestó con enfurecido semblante.

El alboroto iba en aumento y provenía de una de las mesas en la que tres hombres discutían acaloradamente. No logré entender el motivo de su discusión pero me llamó la atención el acento y la vestimenta de uno de ellos. El susodicho, calzaba unos botines negros de piel, unos pantalones de lino gris y una camisa blanca de seda, además de un chaleco corto marrón oscuro. Su voz era melosa y suave, y en muchas palabras acentuaba equívocamente las sílabas finales. Tras unos minutos, la escena fue recuperando su habitual atmósfera y las aguas volvieron a su cauce. El hombre de acento extraño se acercó a la barra para pedir más cerveza. Yo le observaba curioso. Tenía el pelo totalmente rapado, tanto que era muy difícil adivinar el color de sus cabellos; sus ojos eran grandes y azules y bajo su aguileña nariz se extendía por varios centímetros un fino bigote de color pardo.

- ¿Qué te crees que estás mirandó?- murmullo cuando se percato de que le estaba observando.

- Nada señor, discúlpeme, acabo de llegar a la ciudad y nunca había visto a nadie con una entonación al hablar como la suya- le contesté de forma sincera.

Su semblante cambió radicalmente y soltó una sonora carcajada, agarró su jarra de cerveza, acomodó su postura en la barra y se giró hacía mí para empezar a explicarme el motivo de ese acento.

- Muchacho, eso es porque no soy de aquí. Mi nombre es Dave –nos dimos un apretón de manos después de que le hubiese dicho también mi nombre- y vengo desde el continenté de Veldert, más concretamente del reinó de Orés. Llegué a Usitania hace un par de semanas- empezó a explicarme.

- ¿Y qué te ha traído hasta esta parte del mundo?- le interrumpí, cortándole el discurso.

- Aventurás, riquezas, grandes tesoros…y sobre todo, el desamor –suspiró fuertemente y bebió un largo trago de cerveza-. En mi tierra, era un fiel servidor del rey Imal y un gran militar del reino de Orés, pero fui desterrado por enamorarmé de la mujer equivocada. La hija del rey, Thelma, se convirtió en mi perdición y nuestro prohibido amor acabó con mis huesos en esta parte del mundó. ¿Y a ti que te trae hasta aquí?- me preguntó tras acabar su intervención.

- He venido a encontrarme con Herzen, el posadero, el cual debe ayudarme en el cumplimiento de un cometido- le respondí.

-¿Y qué cometido es ése?- volvió a preguntar.

- Lo cierto es que es una larga historia- fueron mis palabras a modo de respuesta.

- No veo una cosa mejor que hacer- dijo con la jarra de cerveza ligeramente elevada.

Me acomodé en la barra mientras Dave pedía un par de jarras de espumosa cerveza a la mesonera. Repasé mentalmente lo que debía contarle y lo que no; necesitaba ser precavido, ya que llevaba diez monedas de oro escondidas entre mis pertenencias y además apenas conocía a aquel tipo como para fiarme de él de buenas a primeras.

- A esta invito yo- me anunció sonriente mientras me acercaba una jarra.

Bebí un buen trago de cerveza antes de empezar con mi discurso, hacía ya varias horas que había bebido por última vez y la garganta empezaba a molestarme.

- Ciertamente el motivo exacto de mi viaje es difícil de delimitar –comencé a hablar algo dubitativo sobre que decirle exactamente a Dave-, pues ni tan siquiera sé de que va a servirme hablar con Herzen; puede simplemente que haya venido hasta Usitania porque era lo que tenía que hacer o puede que no, y este sea solo un alto más en mi largo camino –el de Orés me miraba cada vez más interesado-. Lo cierto es que como tu, se podría decir que he venido aquí en busca de aventuras; no me interesan mucho los tesoros y las riquezas, pero estaría encantado de vivir las mas emocionantes andanzas –respiré complacido de haber salido airoso del problema.

- William, creo que el destino nos ha reunido hoy en esta taberná –me dijo dando un respingo sobre la silla y poniéndose todo lo erguido que le dejaba la cerveza- . ¡Ambos buscamos lo mismo, o casí! – me gritó enfervorizado.

No supe bien que responder, aunque tampoco me dio tiempo Dave, que siguió hablando.

- Aunque creo que será mejor que hablemos de esto mañana, hoy ya es muy tarde y he bebido demasiadó. Tranquilo, hoy te pago yo la habitación- me espetó sonriente.

Mi nuevo amigo se acercó hasta la barra y habló con la camarera. Se sacó del bolsillo derecho del pantalón una bolsa de tela de la que cogió dos monedas de oro y se las entregó a la mujer. Ella le correspondió entregándole dos llaves. Después vino hacía mí, me entregó una de las llaves y me deseó las buenas noches. Agradecí el gesto y me dirigí hasta mi habitación, situada en un segundo piso del recinto. La sala era bastante fría y gris, aunque al menos la cama era cómoda; me tumbé sobre ella y comencé a pensar en Dave y en su aspecto, mezcla de poeta y perillán, y así, absorto en mis propios pensamientos, caí sumido en un profundo sueño.

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